miércoles 2 de diciembre de 2009

Nezahualcóyotl coyote hambriento


Neezahualcóyotl, coyote hambriento

Teotihuacan. José Luís Martínez. Teotihuacan en Línea. Era hijo de Ixtlilxóchitl Ome Tochtli o Ixtlilxóchitl el Viejo, y de Matlacihuatzin. El señorío chichimeca de Acolhuacan se reputaba por uno de los más antiguos del mundo nahua y sus habitantes se tenían por sucesores de los legendarios toltecas.
Desde los últimos años del mundo indígena has¬ta nuestro tiempo, el rey poeta de Tetzcoco ha sido una figura legendaria, de múltiple fama. En Neza¬hualcóyotl se unían de manera excepcional las ap¬titudes a menudo irreconciliables del guerrero, el gobernante, el constructor, el sabio en las cosas di¬vinas y el poeta, dentro de las características que es¬tas actividades tenían en el mundo indígena. Pero, además, él fue un hombre que trascendió a su tiempo, por las indagaciones espirituales que formuló y por la organización administrativa y la estructura le¬gal que dio a la vida de su pueblo y, singularmen¬te, por las instituciones culturales que estableció, co¬mo fueron los archivos de los libros pintados, las escuelas y consejos superiores, las academias de sa¬bios y poetas, las colecciones de flora y fauna, y aun por el cuidado de la lengua que distinguía a sus do¬minios. Dentro del mundo nahua del siglo anterior a la conquista, él representa una tradición moral y espiritual, la herencia tolteca de Quetzalcóatl, que intentó oponerse a la concepción místico-guerrera de los aztecas.
El largo periodo de estabilidad y prosperidad ci¬vilizada que fueron para Tetzcoco los 41 años de gobierno de Nezahualcóyotl –que habrían de continuar-se con el también feliz gobierno de su hijo Nezahualpilli, que se extiende hasta 1515– hizo del señor de Tetzcoco una figura de leyenda: sabio y piadoso, guerrero y poeta, legislador y constructor. Si algo de su fama ha cruzado los siglos, en su tiempo ésta de¬bió multiplicarse y convertirlo en un paradigma de todas las virtudes. Los azares y contrastes de su vida: aquella infancia desvalida y amenazada, la auda¬cia juvenil con que retó el peligro y fue preparando la reconquista de su reino, su visión y habilidad co¬mo gobernante, su peculiar sentido del esplendor compartido, visible en su preocupación por las obras de servicio y ornato público, y el singular equilibrio que mantuvo entre la actividad práctica y la capacidad filosófica y poética, todo parecía contribuir pa¬ra hacer de él un personaje legendario, un rey “de mucha y célebre memoria”.
Disfrutamos aún del bosque de Chapultepec que es fama que él creó y nos unen a sus cantos otros hi¬los imperceptibles, peculiaridades de la sensibilidad que el tiempo no ha mudado. Su desasimiento, su melancolía –imagen del paisaje invariable de la me¬seta–, su actitud inquisitiva y airada ante la divini¬dad, su culto de las flores y de la amistad, siguen siendo nuestros. Podemos, pues, sentirlo tan legen¬dario como cercano y propio, porque es una de nues¬tras estirpes. Por el lado indio, es nuestro poeta y pensador más antiguo y la constancia del último es¬plendor de aquella cultura.

LA DIGNIDAD Y EL MANDO
En el año nahui ácatl, “4 caña”, 1431, a los 29 años de su vida, Nezahualcóyotl fue finalmente jurado se¬ñor de Tetzcoco. Habían pasado 17 años desde aquel remoto 1414 en que su padre Ixtlilxóchitl lo había designado heredero de Tetzcoco, y 13 desde la muer¬te del viejo rey, la mayor parte de los cuales habían sido para él de persecuciones, peligros, luchas y des¬tierro. La ceremonia se celebró aún en la ciudad de México o ya en Tetzcoco, y en ella, conforme a los acuerdos de la alianza, Nezahualcóyotl fue corona¬do por Itzcóatl, señor de México-Tenochtitlan, acom¬pañado por Totoquihuatzin, señor de Tlacopan, y por los nobles de los tres reinos.
En los ritos y solemnidades con que recibió la dig¬nidad y el mando de acolhua tecuhtli se combina¬ron los usos propios de Tetzcoco con los que se¬guían los señores mexicas. El príncipe se dirigió al templo de Tezcatlipoca, acompañado por todos los grandes y principales del reino, y por los reyes de México y de Tacuba. Llegado en presencia del ído¬lo desató su manto para quedar desnudo frente a él

-El príncipe Acolmiztli Nezahualcóyotl representado en una cuna; de esta mas de copal, al dios y hacia las cuatro direcciones manera se indica su nacimiento. El personaje nació en tiempos en que cardinales. Luego comenzó a decir:

¡Oh señor nuestro humanísimo, amparador y gobernante invisible e impalpable! Bien sé que me tenéis conocido, que hoy soy un pobre hombre de baja suerte, criado y na¬cido entre estiércol, hombre de poca razón y bajo juicio, lleno de muchos defectos y faltas, que ni me sé conocer, ni considerar quién soy… Me habéis puesto en la dignidad y trono real, ¿quién soy yo, señor mío, y qué es mi valer para que me pongáis entre los que vos amáis, conocéis y tenéis por amigos escogidos...?
¿Qué modo tendré en gobernar y regir esta vuestra re¬pública? ¿Cómo tengo de llevar esta carga del regimiento de la gente popular, yo que soy ciego y sordo...? Tened por bien darme un poquito de luz, aunque no sea más de cuanto echa de sí una luciérnaga que anda de noche, para ir en este sueño y en esta vida dormida, que dura como el espacio de un día donde hay muchas cosas en que tropezar, y muchas en que dar ocasión de reír, y de otras que son como camino fragoso, que se han de pasar saltando…
Al concluir estas palabras de agradecimiento y de peti¬ción de ayuda a Tezcatlipoca, el acolhua tecuhtli Neza¬hualcoyotzin volvió la mirada al sacerdote principal llamado Quequetzalcoa, que comenzó a dirigirle la ad¬mirable plática ritual, que se reservaba para estos actos, y en la que parecía cristalizarse la sabiduría nahua en consejos aún vigentes:
Así pues, es menester, oh rey nuestro, que pongas todas tus fuerzas y todo tu poder para hacer lo que debes en la prosecución de tu oficio con esto en lloros y suspiros, oran¬do a nuestro señor Dios invisible e impalpable. Llegaos, se¬ñor, a él muy de veras con lágrimas y suspiros para que os ayude a regir pacíficamente vuestro reino, porque es su honra; mirad que recibáis con afabilidad o humildad a los que vengan a vuestra presencia angustiados o atribulados; no debéis decir ni hacer cosa alguna arrebatadamente, oíd con mansedumbre y por entero las quejas e informaciones que delante de vos se presenten, no atajéis las razones o palabras del que habla, porque sois imagen de nuestro dios, y representáis su persona, en quien está descansando, y de quien él usa como de una flauta y en quien él habla, y con cuyas orejas él oye…
Mirad que la dignidad que tenéis, y el poder que se os ha dado sobre vuestro reino o señorío no os sea ocasión de ensoberbeceros y altivaros.
Por su parte, Juan Bautista Pomar comenta:
…mandaba y gobernaba como le parecía que convenía, poniendo todo su cuidado principalmente en tres cosas: la primera, en los negocios de la guerra, lo segundo, en el culto divino, y lo tercero, en los frutos de la tierra, para que siempre hubiese mucha hartura. Oía todos los días cosas de gobierno, porque las de justicia oían los jueces... Des¬pachaba con pocas palabras y jamás se extendía en lo que mandaba.
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viernes 13 de noviembre de 2009

Salubridad urbana en la sociedad virreinal


Salubridad urbana en la sociedad virreinal

Teotihuacan en Línea. Teotihuacan. Marcela Salas Cuesta, María Elena Salas Cuesta. Durante el virreinato y la primera mitad del siglo XIX del México independiente, el medio ambiente como agente de enfermedades fue preocupación constante de los responsables de la administración urbana, sobre todo en el periodo 1760-1850. Entonces se establecieron obras y servicios de infraestructura de orden público encaminados a la limpieza y orden de las ciudades para controlar la morbilidad y la mortalidad de la población a causa de una serie de enfermedades provocadas por la falta de higiene.

Hacer un análisis histórico de la forma en que las sociedades que nos antecedieron vivieron y se apropiaron de los espacios en que tuvo lugar su existencia es particularmente complejo en el presente siglo, más aún si analizamos y explicamos esos espacios y su arquitectura en función de la salud pública y no como el estudio de las construcciones, de la disposición de los materiales para edificar casas, edificios y calles, o como manifestaciones exclusivamente artísticas. Hoy en día esas expresiones de los grupos sociales han dejado de ser predominantemente descriptivas para convertirse en tema de análisis e interpretación de acuerdo con métodos y técnicas surgidos de las ciencias sociales en interacción con las biológicas.
La historia y la antropología física –al revisar la importante y rica documentación que existe sobre aspectos sanitarios e higiene urbana del periodo virreinal y el México independiente, conjuntamente con los materiales óseos recuperados en los diversos trabajos de exploración– han enfocado la investigación hacia esos aspectos. Esto ha permitido explicar las causas demográficas, sociales, políticas, económicas e ideológicas que dieron origen a un importante número de enfermedades –varias de las cuales se convirtieron en epidemias, pandemias y endemias en función del paisaje material, que es determinante–, y entender las estructuras habitacionales, públicas y domésticas con el objeto de no sólo describir las formas urbanas y arquitectónicas, sino de abordar la historia de la construcción como la expresión del medio de vida de una sociedad. Así, en ella se reflejan los hábitos de alimentación, limpieza personal, aseo de la vivienda; aspectos como hacinamiento, contaminación del agua y la comida, existencia de residuos en la vía pública, temperatura ambiente, humedad, desechos orgánicos en descomposición, lodazales y agua estancada, así como la convivencia con animales y sus parásitos, por mencionar sólo algunos elementos. Todo ello llevó a que las autoridades virreinales emitieran constantes ordenanzas y bandos para regular la salud urbana.
De tal forma, si consideramos el espacio arquitectónico-urbano como el lugar donde se realizan todas las actividades que integran el modo de vida de una sociedad, podemos inferir un sinnúmero de características que, de otra forma, no podrían reconocerse. Ya que la arquitectura y el urbanismo son fenómenos sociales que se dan en el transcurso del tiempo histórico, es necesario ubicar el momento y el lugar, pues ambos son el marco de referencia para analizar sus premisas y naturaleza.

TRANSFORMACIÓN DE LOS CENTROS URBANOS
Los centros urbanos novohispanos que surgieron a partir del siglo XVI fueron objeto de importantes y continuas transformaciones en lo que a materia de salubridad se refiere, y entre ellas destacan las efectuadas entre 1760 y 1850, lapso en el que las ideas que dieron origen al urbanismo neoclásico se relacionaron estrechamente con las vinculadas a la salud pública. Debido a los nuevos conceptos morales-higienistas, en concordancia con el pensamiento ilustrado, se estableció como principio la indagación científica, que concedía a los efectos del aire un papel fundamental para la salud.
Al ponerse en boga las ideas de las corrientes mecanicistas y circulacionistas se propició la investigación para analizar la relación entre morbilidad, mortalidad y medio ambiente, y se dispuso que los espacios de la ciudad debían adaptarse a la fluidez del aire y del agua con el fin de prevenir y curar las enfermedades. Se buscaron alternativas basadas en la teoría circulacionista, según la cual la circulación sanguínea es el imperativo de los movimientos del aire, del agua y de los productos. Así, lo contrario de lo insalubre es el movimiento, es decir, si el espacio urbano no tenía circulación, esto era un factor determinante para la incubación, transmisión y propagación de los males (Salas y Salas, 2005).

URBANISMO Y ARQUITECTURA
Desde el siglo XVI hasta principios del XIX, el urbanismo y la arquitectura se reflejaron en importantes construcciones de las ciudades novohispanas, en concordancia con el siglo en que fueron erigidas, algunas sobresalientes por sus dimensiones, calidad constructiva, empleo de materiales y formas artísticas. Se trata principalmente de edificios destinados a la administración y obras de servicio público, entre las que se encontraban las destinadas a los órganos de gobierno, iglesias, conventos, hospitales e instituciones de beneficencia, escuelas y seminarios, jardines, paseos y plazas públicas, mercados y alhóndigas, así como cementerios y algunas residencias. Todas esas construcciones estaban entremezcladas con otras de muy pobre calidad, como las de la gente del pueblo, donde la cantidad superaba a la manufactura. Esto daba como resultado que las ciudades se convirtieran en caóticas, pues pese a la traza reticular crecieron en desorden y sin los más mínimos servicios públicos, como abastecimiento de agua potable, cañerías, drenajes, atarjeas y letrinas, por mencionar sólo algunos.
En general el trazo urbano presentaba dos espacios: el de los españoles y el de la llamada “gente de medio pasar” que convivía con los indígenas. El primero era amplio y recto en sus calles, el segundo no tenía trazo, alineamiento u orden. En ese trazo urbano la pompa de las fiestas y procesiones organizadas por el clero y la sociedad privilegiada contrastaba con la muchedumbre semidesnuda llena de abandono y miseria que transitaba en medio de la decencia eclesiástica religiosa y secular que entre toques de campanas recorría las calles malolientes e insalubres por los encharcamientos, muladares y animales muertos. Las devociones –en ese mundo– eran una de las formas de sentir seguridad en la vida y en la salud del cuerpo y el alma, de ahí que surgieran las distintas cofradías, cuyos patrones y miembros de muchas de ellas tenían la obligación de auxiliar y velar por los enfermos, además de que existía una devoción para cada padecimiento, a diferencia del siglo XIX, en el que se procuraba la salud, y la enfermedad era atendida por las autoridades correspondientes sin la intervención del clero.
El siglo XVIII europeo fue un punto de apoyo para el avance del Estado moderno occidental. Destaca el concepto de la circulación de los vientos y de las aguas, así como el del movimiento general, que tiene como premisa mayor la higiene, lo cual se reflejó en la salubridad urbana mediante la propuesta de una política sanitaria: “…una ciudad moderna, una ciudad sana, para poder serlo, debía de echar a andar todo aquello que estuviese estancado, lo contrario del movimiento era visto como atraso” (Dávalos, 1989).
Las nuevas ideas cobraron fuerza en la Nueva España, y los arquitectos, los oficiales y en especial las monjas comenzaron a temer que las epidemias se propagaran debido a la obstrucción de la circulación, a los encharcamientos y los muladares situados en torno a los conventos (Sánchez de Tagle, 1997).

EL ESPACIO URBANO: ORDEN Y LIMPIEZA
En la segunda mitad del siglo XVIII, la imagen de los centros urbanos empezó a ser cuestionada ante las nuevas concepciones aplicadas en Francia y España en cuanto a la organización del espacio urbano, para lo cual se tomó como modelo el urbanismo clásico (Hernández, 1998). Junto con el orden se buscaba la limpieza, hasta entonces ausente como medida para garantizar la salud. Así, el virrey marqués de Croix estableció en un bando de 1769, formado por 21 artículos, una reforma urbana que incluía la eliminación de la basura en calles, plazas, mercados, acequias, calzadas, jardines y drenajes (Lombardo, 1987).
En 1775, el virrey Antonio María Bucareli ordenó, para que las ciudades estuvieran limpias, que en las casas se construyera un depósito de basura, la cual sería recogida por carros especiales dentro de un horario, prohibiéndose tirarla en espacios públicos, al igual que los desperdicios producto de cualquier oficio. Además, el estiércol debía ser sacado del espacio urbano, debían construirse letrinas en todas las casas, como forma de limpieza para controlar las aguas negras, así como tener gárgolas o canales para evitar los encharcamientos y lodazales, y evitar que los animales transitaran por las calles. Asimismo, se prohibía a quienes se ocupaban de la matanza tirar sangre y desperdicios en el campo y se pedía que los mercados fueran reglamentados por el cabildo para regular su higiene, pues había multitud de vendedores que convertían las plazas en sucias pocilgas con extremo desaseo.
Tanto el virrey de Croix como Bucareli señalaron, durante sus respectivos gobiernos, que para evitar los contagios de pestes y epidemias, las calles y las plazas debían estar libres de inmundicias, pues éstas impregnaban el aire de heces y vapores que producían contagios y enfermedades, como lo demostraban los enfermos, quienes saturaban los hospitales. Cabe señalar que la lucha contra los problemas enunciados se inició desde 1742-1746, con el conde Fuenclara, pues a partir de entonces, sin excepción, los siguientes virreyes se dieron a la tarea de transformar la capital y los demás centros urbanos del virreinato, de acuerdo con las ordenanzas que regían en cada uno de ellos. Es importante mencionar que, a pesar de lo señalado, se desconocía la existencia de los microorganismos, por lo que las ideas no tenían más fundamento que la teoría de los miasmas. Lo insano a finales del siglo XVIII era consecuencia de la putrefacción orgánica que rondaba por los aires (Dávalos, 1989).
El buen funcionamiento de las ciudades y su limpieza se convirtieron en constante preocupación de las autoridades, a tal grado que trataron de organizarlas a partir de dos ejes perpendiculares, con barrios jerarquizados y especializados.
Los gobiernos ilustrados se pronunciaron por el establecimiento y ejecución de medidas higiénicas; para ello fue necesario establecer un orden para el aprovisionamiento del agua de las fuentes públicas, que eran usadas como lavaderos, bañeras para niños y bebederos para personas y animales. El mantenimiento, reparación y limpieza del sistema de distribución de agua constituyó siempre uno de los dolores de cabeza para las autoridades desde el siglo XVI. Las quejas y conflictos se sumaron a la necesidad de reparar y mantener permanentemente acueductos y cañerías; para impedir las impurezas y la contaminación fue necesario implantar sistemas de alcantarillado y limpiar los depósitos corrientes.
Por otra parte, aunque desde el establecimiento del gobierno novohispano se propició la construcción de hospitales –en los que se procuró la curación de diversas enfermedades–, éstos tuvieron su auge en el siglo XVIII, con el fin de cuidar a los indios y demás habitantes, sobre todo a los miserables de todas las castas. Se estableció el Tribunal del Protomedicato, a semejanza del de España, para la prevención de enfermedades epidémicas y contagiosas, y se implantaron severas medidas por parte de los jueces a los facultativos si no notificaban el fallecimiento de los enfermos que morían por contagio (Salas y Salas, 2007).
También se propició la creación de hospicios para los menesterosos, así como casas-hogar para los huérfanos. Un buen número de médicos se dieron a la tarea de investigar qué tipo de enfermedades causaban las emanaciones fétidas y pútridas de los drenajes, la basura, los muladares, las aguas estancadas, la suciedad corporal y los cementerios, pues no se puede soslayar que la medida implantada por la Iglesia de disponer de los muertos dentro de los templos y en los atrios ocasionó gran número de contagios. Debido a ello, los cabildos y los ayuntamientos hicieron propuestas para reglamentar la forma y el lugar de los cementerios, que debían estar fuera de las ciudades. Se encomendó al arquitecto Manuel Tolsá el proyecto para construir los primeros cementerios con esas características (Salas y Salas, 2000).

SALUD PÚBLICA: SALUD URBANA
Entre 1789 y 1798, el virrey segundo conde Revillagigedo hizo una serie de propuestas para transformar los espacios urbanos y convertir las ciudades en lugares útiles y sanos. Con él arribaron las ideas ilustradas relacionadas con la salud pública como sinónimo de la salud urbana: construcción de cementerios fuera del núcleo poblacional; creación de cátedras de matemáticas aplicadas a la arquitectura, así como la de anatomía y fisiología en el Hospital General. Designó como arquitecto mayor a Ignacio Castera para que elaborara un proyecto de organización urbana vinculado al de salubridad, tomando como base la idea científica de que lo sucio es causa de un aire malsano, que a su vez provoca epidemias y enfermedades.
En el siglo XIX la situación no mejoró, al grado de que en 1821 la Junta Principal informó que el incremento de las fiebres entre los habitantes de diversas ciudades se debía a la falta de aseo en calles, barrios, casas, plazas, fuentes, y, en la ciudad de México, también de las acequias, problema que siempre tuvo. En esa época, el aire malsano provenía de atarjeas, ciénegas, potreros, muladares, así como de los desechos de carnicerías y lugares de comida. La basura que se acumulaba en los predios baldíos era incalculable.
La insalubridad era más notoria en los arrabales, donde los llamados léperos vivían en la más grande de las suciedades, provocando que la contaminación llegara a las ciudades y desencadenara epidemias. A todo ello había que poner un punto final; las ideas del urbanismo neoclásico acerca de que todo tiene que correr y fluir para evitar las enfermedades hicieron que las autoridades propusieran de nuevo una serie de proyectos, y se emitieron bandos, ordenanzas y comunicados, cuyos postulados fundamentales y específicos estaban relacionados con la salud.
Así, podemos decir que el medio ambiente como agente de enfermedades fue una preocupación constante para los responsables de la administración urbana, por lo cual establecieron una serie de políticas reformistas dirigidas hacia la creación de obras y servicios de infraestructura de orden público, como: alineamiento de las calles, obras hidráulicas, empedrados, drenaje, alcantarillado, servicio de limpia, letrinas en las casas, hospitales, mercados, cementerios, casas para huérfanos y menesterosos. Los trabajos que se llevaron a cabo durante la segunda mitad del siglo XVIII y la primera del XIX estuvieron encaminados a establecer ciudades limpias y ordenadas para alcanzar la higiene, a la vez que la belleza que proponía el urbanismo neoclásico conjuntamente con la salubridad urbana.
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• Marcela Salas Cuesta. Historiadora por la unam. Investigadora de la Dirección de Antropología Física del INAH, en la que coordina los proyectos: “México en el siglo XVIII. Costumbres funerarias. Un estudio de salud pública” e “Investigación, conservación y difusión de materiales fotográficos”. Ha realizado estudios sobre arquitectura y pintura virreinal, así como sobre materiales arqueológicos de Tlatilco, estado de México, y Jaina, Campeche.
• María Elena Salas Cuesta. Maestra en ciencias antropológicas, con especialidad en antropología física. Investigadora de la Dirección de Antropología Física del INAH, en la que coordina el proyecto “Rasgos no-métricos o discontinuos en cráneos prehispánicos y coloniales (parentesco)”. Ha realizado trabajos sobre antropología física forense, osteopatología y salud pública en el México virreinal.
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martes 10 de noviembre de 2009

México prehispánico y los símbolos nacionales

México prehispánico y los símbolos nacionales

Teotihuacan en Línea. Teotihuacan. Eduardo Matos Moctezuma. La piedra, el nopal, el águila y la serpiente forman la tetralogía que dio pie a la elaboración de nuestros símbolos patrios: la bandera y el escudo nacionales. Sin embargo, la historia de que están acompañados tiene antecedentes que se remontan, por un lado, al mundo prehispánico, y por el otro, a un proceso evolutivo que los llevó a pasar por diversas vicisitudes hasta transformarse en lo que hoy son.

LOS PROTAGONISTAS
Diversos investigadores se han dado a la tarea de estudiar los orígenes de esos símbolos y lo que representaban en el México antiguo. Interesante resulta el trabajo de José Corona Núñez (1992), para quien tanto la piedra como las tunas representan corazones. En este sentido, recordemos el relato que habla de cómo Cópil lucha en contra de Huitzilopochtli y es vencido para acto seguido ser sacrificado y su corazón arrojado en medio del lago, en donde cae sobre una piedra de la que crecerá el tunal que servirá de signo para la fundación de Tenochtitlan. Por su parte, el águila representa al cazador celeste, Huitzilopochtli, y en cuanto al binomio águila-serpiente, ve en ello la lucha diaria entre la noche y el día, la vida contra la muerte.
Entre los mexicas, el águila tiene una connotación solar y está relacionada con Huitzilopochtli. Así lo vemos desde el momento en que los mexicas salen de Aztlan guiados por este último y por el tlacatecólotl Tetzauhtéotl. He aquí el relato de Cristóbal del Castillo:
Porque los viene guiando el tlacatecólotl, que se transforma en águila y vuela frente a ellos, guiándolos. Así se lo comunicó a su servidor Huitzilópoch, que es el gobernante de los mecitin. Les dijo:
–Yo os iré guiando a donde vayáis, iré mostrándome como águila, os iré llamando hacia donde iréis, sólo idme viendo. Y cuando haya llegado a donde ya me parezca bueno, donde os asentaréis, allá me posaré, allá me veréis, ya no volaré. De modo que enseguida hagáis mi templo, mi casa, mi cama de paja donde estuve levantando el vuelo (Castillo, 1991).
De este relato y otros más que hablan de la fundación de Tenochtitlan queda claro cómo el águila se detiene sobre el tunal. Entre las esculturas mexicas que muestran lo anterior está el conocido Teocalli de la Guerra Sagrada, que representa un templo mexica con su escalinata de acceso a la parte superior, donde hay dos personajes: Huitzilopochtli y Moctezuma II, que hacen penitencia. En cuanto al águila, ésta se encuentra en la parte posterior del monumento parada sobre el nopal con tunas, que a su vez nace de la tierra representada por una figura con boca y dientes (Tlaltecuhtli, la tierra), en medio de un ambiente acuático. Como dato adicional quiero mencionar que del pico del ave surge lo que podría confundirse con una serpiente: el atl-tlachinolli o corriente doble que simboliza la guerra. Aunque existen varias figuras de águilas dentro de la escultórica mexica, pienso que ésta es la mejor representación de lo que venimos tratando.
En los primeros años de la Colonia el símbolo continuó en uso, como lo confirma la lámina 1 del Códice Mendoza, en la que se aprecia a la ciudad de Tenochtitlan dividida en cuatro cuadrantes y en medio, el águila parada sobre el nopal, que a su vez surge de una piedra. También puede verse en códices como el Durán y el Aubin, pintados por tlacuilos o pintores indígenas que utilizan el símbolo que representa la fundación de la ciudad de Tenochtitlan.

A partir de ese momento algo insólito va a ocurrir. Los españoles destruían a su paso todo vestigio del mundo prehispánico al considerarlo obra del demonio. Sin embargo, el símbolo del águila parada sobre el tunal va a lograr trascender al mundo colonial y llegar al México actual. ¿Las razones? Aunque Carlos V dotó a la capital de la Nueva España de un escudo en 1523, en realidad el símbolo mexica va a continuar presente mediante un fenómeno de desacralización de su contenido anterior para dar paso a su sacralización dentro de los parámetros cristianos y, con la Independencia, volver en parte a su contenido ancestral. En efecto, posiblemente por la importancia de la ciudad de Te- nochtitlan (sobre la que se erige la capital novohispana), su imagen va a preservarse para simbolizar el poder que otrora recayera en ella y que ahora ostentan los españoles. El hecho es que el símbolo va a ser adoptado por los peninsulares por razones políticas y religiosas, y no es por azar que lo veamos en conventos franciscanos del siglo XVI, como los de Tecamachalco (Puebla), Calpan (Puebla), Tultitlán (estado de México) y San Francisco (ciudad de México), así como en los conventos agustinos de Yuriria (Guanajuato) e Ixmiquilpan (Hidalgo). También se ve en el escudo pastoral del segundo arzobispo de México, don Alonso de Montúfar. En la conquista de la Florida, los contingentes mexicas que apoyaban a los españoles traían como estandarte al águila parada sobre el nopal, como se aprecia en el Códice Osuna (Florescano, 1998). Sabemos que hacia 1578 alumnos jesuitas emprendían caminatas por las calles de la capital para conmemorar la llegada de reliquias enviadas por el papa Gregorio XIII, durante las cuales portaban un cartel con la misma figura (Alberro, 1999). Más aún, el Ayuntamiento de la ciudad de México estampó en sus sellos la imagen del águila y el nopal. Para estos momentos el símbolo mexica había perdido su contenido original, relacionado con guerra-sacrificio-corazones-Hui-tzilopochtli, etc., y se sacralizó dentro del pensamiento cristiano, como lo plantea Solange Alberro:
…el nopal y el águila de Tenochtitlan se habían finalmente fusionado con lo esencial y más dinámico del cristianismo: la cruz y la sangre de Cristo en su Pasión por lo que se refiere al tunal idolátrico, mientras que la Virgen María en su advocación de Guadalupe había reunido en sí, el águila mexica, la de los Austria y la que viera San Juan en la isla de Patmos. En adelante, el viejo portento prehispánico quedaba total y definitivamente rehabilitado y, por tanto, listo para futuras necesidades simbólicas (Alberro, 1999).


LA VIRGEN DE GUADALUPE
Vayamos ahora a España. Desde el siglo XIV, si no antes, se rinde culto a la Virgen de Guadalupe, especialmente en Extremadura. Allí se erigió el enorme convento en su honor después de que Alfonso XI triunfara en la batalla del Salado. El mismo nombre de la imagen tiene un origen árabe, que significa “río escondido”. Su tez morena, casi negra, va muy a tono con su misión para ayudar al triunfo español sobre los árabes. En su retorno a España en 1528, Cortés, extremeño y devoto de la imagen, va al convento a llevarle obsequios (García, 1990). En México, la Virgen se aparece a Juan Diego en 1531 y llama la atención que el capitán español hubiera regresado a la Nueva España unos meses antes de esta fecha. En ese momento los frailes están enfrentando verdaderos problemas con su misión evangelizadora, por lo que no sería de extrañar que acudieran a la aparición para conseguir sus propósitos, lo que logran sobradamente. Tenemos en aquel momento la presencia en México de dos imágenes, una de tradición mexica que representa a Huitzilopochtli y a la ciudad de Tenochtitlan, y la otra católica que representa a la Madre de Dios en la figura de la Virgen morena.


LA GUERRA DE LAS VÍRGENES
Al comienzo de la gesta independentista en 1810, Hidalgo enarbola la imagen de la Guadalupana como estandarte del movimiento. Otro tanto hacen los españoles con la Virgen de los Remedios. El enfrentamiento entre las vírgenes se va a manifestar desde el púlpito y así nos lo relata Ernesto de la Torre Villar:
Los sermones que los curas criollos y mestizos pronunciaron a favor de la Guadalupana, desdeñando a la de Los Remedios, son numerosos, como lo son también los sermones de frailes y curas peninsulares en los que el nivel de reflexiones descendió, llegando al insulto. La de Guadalupe recibió epítetos como el de prieta misérrima. A la de Los Remedios llamárosle cachupina, cacariza, advenediza y otras lindezas, las cuales muestran la animadversión existente entre los diferentes grupos de la sociedad novohispana (De la Torre Villar, 2004).
Así las cosas, pronto los insurgentes ven la apremiante necesidad de utilizar el mundo prehispánico como elemento de cohesión de la causa y acuden a diversos aspectos para lograrlo. Uno de ellos lo vemos en la bandera del ejército de José María Morelos, establecida el 19 de agosto de 1812, consistente en un cuadrilongo azul claro con el águila parada encima del nopal y éste a su vez sobre un puente que debajo tiene tres letras: V.V.M, que significan “Viva la Virgen María”. Otro caso es el discurso del mismo caudillo en la apertura del Congreso de Chilpancingo, en 1813, cuando dice en la parte que nos interesa:
¡Génios de Moctehuzoma, de Cacamatzin, de Cuauhtimotzin, de Xicotencatl y de Catzonzi, celebrad, como celebrasteis el mitote en que fuisteis acometidos por la pérfida espada de Alvarado, este dichoso instante en que vuestros hijos se han reunido para vengar vuestros desafueros y ultrajes, y librarse de las garras de la tiranía y fanatismo que los iba á sorber para siempre! Al 12 de agosto de 1521, sucedió el 14 de septiembre de 1813. En aquel se apretaron las cadenas de nuestra servidumbre en México Tenoxtitlan, en este se rompen para siempre en el venturoso pueblo de Chilpantzingo (en Bustamante, 1985)
En sus palabras hace ver que antes de la llegada de los peninsulares había una gran unidad entre los pueblos aquí asentados y menciona bajo una misma tesitura a Xicoténcatl, Caltzonzin y Moctezuma, cuando bien sabemos que eran enemigos acérrimos y que existía una vieja rivalidad entre ellos, particularmente entre los dos últimos desde que las fuerzas mexicas de Axayácatl fueran vencidas por los tarascos en sus intentos expansionistas. Sin embargo, algo interesante va a ocurrir: aquí comienza a manifestarse una imagen ideal del mundo prehispánico, que centrará en los mexicas la grandeza de aquellos pueblos, puesto que a éstos les había tocado la misión de enfrentar en primer lugar a los españoles. Empieza a consolidarse la imagen de lo que he llamado el “Edén Perdido”: un mundo del que se quiere dar la idea de que todo era paz, armonía y sinónimo de grandeza (Matos, 2004).
Consolidada la Independencia en 1821, una de las primeras tareas fue la de instaurar los símbolos patrios. Agustín de Iturbide entra al frente del Ejército Trigarante con una bandera en la que ya están plasmados los colores blanco, verde y rojo en forma diagonal, los que poco después, por decreto del 2 de noviembre de aquel año, quedan definitivamente de manera vertical, con el color blanco en medio y el antiguo símbolo mexica o azteca plasmado sobre él. Cabe aquí una observación: el color blanco representa la pureza de la religión católica, la que es considerada como la única creencia aceptada dentro de la naciente nación. Y surge la pregunta: ¿por qué entonces no quedó la imagen de la Virgen de Guadalupe, emblema del ejército insurgente, sobre el color que representa la religión católica? ¿Por qué correspondió al antiguo símbolo mexica honor tal?


REIVINDICACIÓN DEL MÉXICO PREHISPÁNICO
La respuesta a estas preguntas obedece a la necesidad imperiosa de los insurgentes por volver a instaurar el cordón umbilical del México independiente con el México prehispánico, negado y destruido por los españoles. Ésta es una de las razones primordiales para que el viejo símbolo de Huitzilopochtli y de la ciudad tenochca fuera elegido para ocupar su sitio en la bandera y el escudo. Hubo otras manifestaciones en este sentido, como la creación del Museo Nacional por parte del primer presidente de México, Guadalupe Victoria, lugar en donde se concentrarían los objetos de la antigüedad indiana. Otro caso es la publicación por segunda ocasión del libro de don Antonio de León y Gama en el que habla de monumentos como la Coatlicue y la Piedra del Sol, ordenada por el Congreso General Mexicano a petición expresa de Carlos María de Bustamante al secretario don Lucas Alamán, el 28 de marzo de 1832.
Sin embargo, un dato inequívoco de lo que vengo sosteniendo es el hecho de que el nombre de “Nueva España”, que el mismo Cortés asignó al territorio conquistado en el siglo XVI y que va a desaparecer con la Independencia, será sustituido por el de “México”, y por ende a quienes nacen en este país se les denomine “mexicanos”, término en lengua náhuatl con que se identificaba a los habitantes de Tenochtitlan.

Estamos, pues, ante la presencia de los dioses que se negaron a morir…
_____________________
•Eduardo Matos Moctezuma. Maestro en ciencias antropológicas, especializado en arqueología. Fue director del Museo del Templo Mayor, INAH. Miembro de El Colegio Nacional. Profesor emérito del INAH.
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viernes 30 de octubre de 2009

Hernán Cortés: el conquistador de las múltiples inhumaciones

Hernán Cortés: el conquistador de las múltiples inhumaciones

Teotihuacan en Línea. Teotihuacan. Hernán Cortés murió en el viernes 2 de diciembre del año 1547 en Castilleja de la Cuesta, tratando de volver a sus posesiones americanas.

Hernán Cortés fue inhumado varias veces. La causa de los traslados de sus restos mortales radica en el hecho que en sus testamentos cambió en más de una ocasión la ubicación del lugar en donde deseaba reposar por toda la eternidad. Cuando residía en la Nueva España, primero solicitó ser sepultado en la iglesia contigua al hospital de Jesús [1], hospital que el conquistador había fundado, posteriormente declaró sus deseos de ser sepultado en un monasterio que había ordenado construir en Coyoacán, una población aledaña a la capital mexicana, monasterio que nunca fue construido debido a que tuvo que partir a España con el fin de enfrentarse a un juicio de residencia que se le siguió.

En España ya cansado y enfermo a mediados de octubre de 1547 modificó su testamento para indicar que debería ser sepultado en la parroquia del lugar donde falleciera. Su muerte en España trajo como consecuencia que fuera inicialmente sepultado en el monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce (Sevilla), en la cripta de la familia del duque de Medina Sidonia bajo las gradas del altar mayor con un epitafio que le dedicó su hijo Martín Cortés, segundo Marqués del Valle. El epitafio que le dedicó su hijo decía:

Padre cuya suerte impropiamente
Aqueste bajo mundo poseía
Valor que nuestra edad enriquecía,
Descansa ahora en paz, eternamente.

En 1550 a tres años de su muerte, sus restos fueron cambiados de lugar dentro de la misma iglesia, y esta vez fue inhumado justo a un lado del altar dedicado a Santa Catalina. Durante 19 años sus restos yacieron en el monasterio de San Isidoro hasta que en 1566 sus restos mortales fueron transladados a la Nueva España y sepultado junto con su madre y una de sus hijas en el templo de San Francisco de Texcoco, ubicado en la población de Texcoco cercana a la ciudad de México. Sus restos yacerían allí hasta 1629.

En 1629 a la muerte de Don Pedro Cortés, cuarto Marqués del Valle y último descendiente de Hernán Cortés en línea masculina, las autoridades civiles y eclesiásticas de la colonia española decidieron sepultarlos en la misma iglesia, así que los restos de Cortés fueron inhumados cerca del altar mayor (en un nicho detrás del Sagrario) en la iglesia del convento de San Francisco, ubicado frente a la plaza de Santo Domingo en la capital mexicana, allí dejaron grabada la siguiente inscripción «Ferdinandi Cortés ossa servatur hic famosa».

En 1716 una remodelación del templo de San Francisco obligó a los franciscanos a exhumar los restos y trasladarlos a la parte posterior del retablo mayor, lugar en el que permanecerían durante 78 años.

En 1794 las autoridades de la colonia exhumaron nuevamente los restos de Cortés con el fin de cumplir con los deseos del conquistador de México que en una ocasión solicitó ser sepultado en la iglesia contigua al Hospital de Jesús, así que sacaron la osamenta de Cortés del templo de San Francisco que yacía en su nicho en una urna de madera y cristal con asas de plata y pintado en la cabecera de la urna el escudo de armas del Marqués de Oaxaca, sus restos fueron trasladados con gran pompa a lo que se creía sería su última morada, se colocaron blandones de plata sobre el sepulcro y dentro del templo se erigió un zócalo y sobre el zócalo un busto del conquistador, en ese sitio sus restos descansarían durante 23 años.

En 1823, a los dos años de la Independencia de México inició el memorial para honrar a los insurgentes muertos durante la guerra de independencia, los restos de ellos fueron llevados a la ciudad de México en cuya catedral fueron depositados, un gran movimiento nacionalista surgió entre los habitantes de la capital mexicana al grado que se temió que una turba asaltara el templo para tomar los restos de Cortés, por ello el ministro mexicano Lucas Alamán y el capellán mayor del Hospital desmantelaron la noche del 15 de septiembre el mausoleo, en tanto el busto y demás ornamentos fueron enviados a Italia para hacer creer a los agitadores que los restos mortales de Cortés habían salido del país, en realidad la urna con la osamenta fue escondida bajo la tarima del templo del Hospital de Jesús, durante trece años los restos permanecieron escondidos allí.

En 1836, ya calmadas las pasiones se extrajeron los restos y fueron depositados en un nicho que se construyó en la pared del templo a un lado de donde estuvo el mausoleo, en ese lugar reposaron los restos durante 110 años hasta ser encontrados. El ministro Lucas Alamán en algún momento informó a la embajada española del lugar en el cual habían depositado los restos de Cortés.

En 1946, algunos historiadores del Colegio de México tuvieron acceso al acta notarial en la cual se detallaba la última morada de Cortés y decidieron buscar los restos, el domingo 24 de noviembre del mismo año los historiadores encontraron el nicho que guardaba la urna, después de realizar algunos estudios para autentificar los huesos procedieron a restaurar la urna y recomendaron conservar los restos de Hernán Cortés en el mismo lugar.

El 28 de noviembre de 1946 el presidente de México expidió un decreto mediante el cual confirió al Instituto Nacional de Antropología e Historia la custodia de los restos mortales de Hernán Cortés.

El 9 de julio de 1947 se reinhumaron los restos en el mismo lugar en el que los encontraron y se puso sobre el muro de la iglesia una placa de bronce con el escudo de armas de Cortés grabado y la inscripción:
HERNÁN CORTÉS
1485-1547
Al final, los restos del conquistador español descansan en el lugar que eligió en su juventud para ser sepultado.
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martes 27 de octubre de 2009

El corazón de piedra verde: joya literaria del México ancestral


El corazón de piedra verde: joya literaria del México ancestral


Teotihuacan. Teotihuacan en Línea. El corazón de piedra verde es una novela de Salvador de Madariaga (La Coruña, España, 1886 - Locarno, Suiza, 1978), publicada en 1942.
Está considerada como una de las mejores novelas históricas sobre la conquista del Nuevo Mundo escritas en habla española. Incluye en sus páginas personajes históricos como Moctezuma, Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Cuauhtémoc y Bernal Díaz del Castillo, entre otros.
La historia transcurre a finales del período precolombino, en Ciudad de México, y en ella se describe detalladamente la vida cotidiana de los antiguos aztecas, tanto de sus clases humildes (comerciantes, sirvientes o guerreros) como de las clases ricas (sacerdotes, nobles y funcionarios del gobierno).
La novela se desarrolla en dos planos que van alternándose. La historia que transcurre en el Nuevo Mundo ofrece un gran fresco de costumbres, supersticiones, y referencias sociales y culturales del pueblo azteca. Por otro lado, la historia de una familia española, los Manrique, ofrece también numerosos detalles de la vida y las condiciones sociales, políticas y económicas de España, a finales del siglo XV.
Ambas historias terminan convergiendo. Sus personajes se ven envueltos en intrigas cortesanas y escaramuzas bélicas, en las que aztecas y españoles deben lidiar con el amor, el orgullo patrio y la sed de poder durante la conquista de México en tiempos de Hernán Cortés. La novela ofrece un marco histórico detallado sobre la derrota y destrucción de Tenochtitlan y sus reinos aliados, así como del surgimiento de una nueva nación, la Nueva España (actual México), que brota del encuentro entre dos mundos: el imperio español (de raíces visigodas, judías, moras y católicas) y las antiguas tradiciones aztecas.
La novela es la primera de una serie de cinco libros -cada uno dedicado a un siglo (del XVI al XX)- que su autor planeaba escribir sobre la formación del México moderno, desde la época azteca hasta nuestros días. Salvador de Madariaga nunca pudo terminar la última novela de la serie porque murió a la edad de 92 años.
Si usted desea leer la novela Corazón de piedra verde, puede descargarla en esta página.
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lunes 26 de octubre de 2009

el oro en el área mesoamericana

El oro en el área mesoamericana

Teotihuacan. Teotihuacan en Línea. Adolphus Langenscheidt. La cronología del aprovechamiento del oro nativo en el México prehispánico no ha sido aún determinada con certeza, pero se puede decir que los primeros aprovechamientos ocurrieron donde el oro se hallaba a la vista y su extracción sólo requería operaciones de concentración mecánica: recoger manualmente las partículas visibles entre el material aluvial, como arenas, limos y gravas de arroyos y ríos.

El origen primario del oro en la naturaleza puede ser volcanosedimentario, plutonovolcánico o detrítico, y por ahora se explica con diez hipótesis polémicas (Bache, 1987, p. 22). En la naturaleza es factible detectar oro en muchas partes, incluso en el agua del mar, pero pocas veces se halla libre y concentrado para ser aprovechado tal cual. En el mundo, las mayores reservas de oro están en minerales mixtos, es decir que este metal se encuentra unido a otros minerales y metales, principalmente el cobre, la plata y el fierro. El oro, concentrado de manera natural, se presenta en “placeres” y en muy pocas vetas cuarzosas.
En gran parte del territorio mexicano se ha hallado oro libre (“nativo”) en bajas cantidades y bajas concentraciones, es decir en yacimientos pequeños y dispersos; por ello, se puede decir que el territorio mexicano no es ni ha sido realmente rico en oro. En el área mesoamericana el oro nativo fue descubierto desde la antigüedad, en placeres, acompañado de ilmenita y de magnetita. En poco casos se le ha hallado libre, como placas e hilillos en vetas cuarcíferas.
YACIMIENTOS DE ORO
Las zonas con mayor presencia de yacimientos auríferos son las siguientes: norte de Baja California, noroeste de Sonora, sur de Chihuahua, noroeste de Durango, una franja en el centro y oriente de Durango, todo Sinaloa, oeste de Zacatecas, una franja en el centro y oriente de Guerrero que alcanza al estado de México y el centro de Oaxaca (González Reina, 1944, pp. 11-17).
Actualmente, en México se obtiene en su mayor parte (unas 40 t/año) de yacimientos mixtos que son explotados por su contenido de otros metales además del oro. En tales yacimientos, el oro solamente puede ser aprovechado con tecnologías metalúrgicas extractivas que no fueron conocidas en la época prehispánica. Por esta circunstancia se puede afirmar que el oro aprovechado en las culturas mesoamericanas procedió de placeres y quizá, en una mínima proporción, de yacimientos de otro tipo que lo contenían libre.
Como apuntamos, los yacimientos de oro nativo en México son pequeños y están dispersos, razón por la cual este país nunca ha sido considerado rico en oro. Sin embargo, aunque escaso, fue un metal aprovechado en cantidades modestas en varias culturas mesoamericanas. En los territorios correspondientes a tales culturas indígenas, el oro, como otros metales y minerales visualmente llamativos, fue muy apreciado por los habitantes, que tan pronto como lo descubrían eran atraídos por su color normalmente amarillo brillante, que probablemente asociaban con el Sol, así como por su alta gravedad.
El oro metálico, en estado nativo, primeramente se recogía en forma de “pepitas” de los arroyos. Cuando éstas escasearon, se aprovecharon las partículas, desde arena fina hasta polvo (<>
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sábado 24 de octubre de 2009

Remembranzas teotihuacanas de Tenochtitlán

Remembranzas teotihuacanas de Tenochtitlán

Teotihuacan. Texto: Eduardo Matos Moctezuma. Han pasado varios siglos desde que Teotihuacan fue incendiada y abandonada. Aunque se han encontrado evidencias de que el lugar continuaba siendo ocupado, esta ocupación corresponde a otros pueblos, como lo demuestran algunas casas al norte y al oriente de la Pirámide del Sol, además de otros datos.

Es innegable que la ciudad decayó de una manera violenta y que el esplendor de otros tiempos vino a menos. Calles y edificios empiezan a ser cubiertos por el polvo de los siglos y poco a poco la fisonomía de la urbe se convierte en una serie de montículos absorbidos por la maleza. Sin embargo, aún es posible adivinar en aquellas formas la existencia de una gran ciudad. Esto no va a pasar inadvertido para nuevos pueblos que se adentran en el Valle de México y se asientan en los alrededores del lago de Texcoco y áreas circundantes.

Uno de estos pueblos, quizá el último en penetrar al centro de México, fueron los mexicas o aztecas. Provenientes de una región más al norte, después de no pocas peripecias se asientan en el lugar en donde se los permite Tezozómoc, señor de Azcapotzalco, quien ostenta el poder en buena parte del territorio. De esta manera fundan la ciudad de Tenochtitlan hacia el año 1325, según coinciden en señalar diversas fuentes históricas. Es interesante hacer ver que en ese año hubo un eclipse solar, lo que pudo haber influido para que los aztecas ligaran un hecho tan importante como la fundación de su ciudad con un acontecimiento pleno de simbolismos, como era la lucha entre la Luna y el Sol, que quedó plasmada en algunos de sus mitos.

La naciente ciudad de Tenochtitlan va a tener desde sus comienzos una traza urbana que nos recuerda la de la ciudad de los dioses. Se establece un centro fundamental que adquiere un carácter sagrado, pues en él se encuentran los principales edificios religiosos. El templo a su dios Huitzilopochtli va a ocupar el centro de la ciudad y de su cosmovisión. Una gran plataforma va a delimitar el espacio sagrado del profano. Las cuatro calzadas que unen a la ciudad con tierra firme se orientarán hacia los cuatro rumbos del universo. Es así como Tenochtitlan queda dividida, en un principio, en cuatro grandes barrios o cuadrantes que le dan una fisonomía similar a la que mil años atrás tuviera Teotihuacan.

Tan grande fue la influencia de Teotihuacan entre los grupos nahuas posteriores, incluidos los aztecas, que el mito del surgimiento del Quinto Sol tendrá lugar en la ciudad de los dioses. A esto hay que añadir que con la mitificación de Teotihuacan, surge el interés por conocer la obra de los dioses. No tenemos duda de que los aztecas fueron y excavaron en Teotihuacan, atraídos por lo que significaba la ciudad. De esto nos hablan numerosos objetos y rasgos teotihuacanos que han sido encontrados en las excavaciones del Templo Mayor azteca.

En efecto, son varios los objetos de indudable procedencia teotihuacana; entre ellos dos máscaras que aún guardan las incrustaciones de concha y obsidiana que formaban ojos y dientes; su tallado es de gran calidad y una de ellas presentaba a los lados grandes orejeras de piedra verde. Hay un interesante fragmento de una vasija en piedra verde en el que se ve en bajorrelieve un guerrero con escudo y un arma, que enfrenta a un animal con collar posado encima de un templo compuesto por varios cuerpos y en el que se observa un tablero. Destaca un cajete de piedra verde con pequeños soportes que contenía piedras sin labrar en su interior. A esto hay que añadir cuatro vasijas de cerámica café con pulimento a palillos, dos de las cuales tienen la típica representación de Tláloc, por lo que se les conoce como "ollas Tláloc". También hay figuras antropomorfas de piedra o partes de esculturas típicas de Teotihuacan, algunas de las cuales aún conservan restos de pintura. Se cuenta, además, con varias máscaras teotihuacanoides procedentes del área de Guerrero, región de la que ya vimos su importancia en relación con Teotihuacan, importancia que perdurará en la época azteca.

Unido a esto, nos referiremos a otros elementos tomados de Teotihuacan, pero realizados dentro del estilo azteca. Se trata de una escultura sedente de Huehuetéotl, dios viejo y del fuego, que presenta las mismas características que las encontradas en Teotihuacan. Sin embargo, el gran brasero que lleva sobre la cabeza difiere de los encontrados en la Ciudad de los Dioses. En efecto, no tiene la concavidad en la parte superior para encender el fuego; la base es plana y muestra glifos. Por otra parte, las manos sí guardan la misma posición que las de los dioses viejos teotihuacanos. Esta escultura fue encontrada al norte del Templo Mayor y por su ubicación dentro del relleno de la sexta etapa constructiva y su cercanía al Templo Rojo, pensamos que probablemente estuvo colocada sobre el altar circular que se localiza en medio del vestíbulo de este templo.

Es precisamente en los llamados Templos Rojos que flanquean al Templo Mayor, en sus lados sur y norte, donde vemos otra reminiscencia teotihuacana. Están hechos con el típico orden de talud y tablero, si bien los templos aztecas se asientan sobre una pequeña plataforma, en tanto que en Teotihuacan los taludes de los edificios por lo general desplantan directamente desde el piso. Otro elemento importante es el decorado que cubre las alfardas y parte del talud de estos templos, pues nos recuerdan motivos teotihuacanos, como los medios ojos que aparecen en corrientes de agua.

Otro edificio con forma similar a los descritos, pero sin el vestíbulo, es el que se excavó en 1964 debajo de la Librería Porrúa. Se encontró al norte de la Casa de las Águilas y tiene talud y tablero, y al igual que los Templos Rojos se asienta sobre una pequeña plataforma que le sirve de base. El talud está ricamente decorado con pintura que representa el rostro de Tláloc.

Como puede verse, la presencia teotihuacana se hace evidente de varias maneras. Por un lado, en determinados mitos nahuas que ubican en Teotihuacan acontecimientos de suma importancia como el surgimiento del Quinto Sol por el sacrificio y muerte de los dioses. La traza de la ciudad es similar a la que prevaleció en Teotihuacan, en donde la orientación obedece a los movimientos solares. Lo mismo acontece con algunos edificios orientados hacia el poniente, como el caso de aquellos que en un momento juegan el papel de ser el centro del universo (Pirámide del Sol y La Ciudadela). Estos conjuntos están siempre rodeados de plataformas que los separan de un espacio exterior. En ellos se cruzan las calzadas orientadas hacia los cuatro rumbos universales. Estos edificios se relacionan con agua y sacrificio (vida y muerte).

En Tenochtitlan ocurre lo mismo. Vemos que el Templo Mayor, que tiene el carácter de centro del universo, se orienta hacia el poniente, conforme al movimiento del sol. Todo el recinto ceremonial está rodeado por una enorme plataforma que lo separa del resto de la ciudad y de este recinto salen las calzadas que se dirigen a los cuatro rumbos del universo. La dualidad vida-muerte se pone de manifiesto de muchas maneras. En fin, todos estos principios están presentes en Teotihuacan y perduran en el tiempo para aparecer, muchos siglos después, en ciudades tardías como Tenochtitlan y Tlatelolco.

Ahora surge una pregunta obligada: ¿a qué obedece la necesidad de tomar elementos de sociedades anteriores y hacerlas propias? Vemos que esto se repite en muchos pueblos. En el caso del centro de México, pensamos que es muy importante la legitimación. Todos los pueblos tratan de legitimar su presencia en la tierra, principalmente de dos maneras: por su relación con la divinidad y por su relación con otros pueblos que los antecedieron y que son parámetro de grandeza. Para el azteca, los toltecas de Tula eran el parámetro de la grandeza humana. Quizá antes de salir de Aztlán estaban sometidos a los toltecas y en ellos veían la grandeza guerrera. De ahí la necesidad de buscar por todos los medios la manera de decir que descendían del tolteca. Teotihuacan representa la presencia divina. Al no saber quién construyó aquella ciudad, la mitifican y va a ser obra de los dioses. Allí nacerá el Sol del hombre nahua. Así, por medio de los mitos, buscan la ansiada relación con la ciudad de los dioses. El traer piezas de Teotihuacan y colocarlas en su templo principal logra la alianza deseada. Lo mismo ocurre cuando reproduce edificios y esculturas que recuerdan a los de la vieja ciudad. Otro tanto acontece cuando, a su vez, reproduce edificios de Tula, como las procesiones de guerreros en el interior de la Casa de las Águilas y braseros con el rostro de Tláloc, o transporta desde la ciudad tolteca un chac-mool de piedra que fue encontrado en el recinto ceremonial azteca y llega a imitar esta figura colocándola en la entrada del santuario de Tláloc en la etapa II (circa 1390 d.C.) del Templo Mayor. Algo parecido podemos decir de la imitación de piezas como los atlantes, que aunque de menor tamaño guardan todas las características de aquellas enormes esculturas.

Así, las tres ciudades –Teotihuacan, Tula y Tenochtitlan– se entrelazan en el tiempo. El azteca va a ser quien incorpore mitos y realidades de las dos primeras en su propia ciudad, y es así como una tradición surgida a principios de nuestra era va a estar presente mil quinientos años más tarde en Tenochtitlan.

Es la forma en que el hombre azteca legitima su presencia en la tierra: proviene de los dioses y desciende de los grandes hombres…

Fuente: Pasajes de la Historia No. 4 El milenio teotihuacano / noviembre 2000
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jueves 22 de octubre de 2009

el sacrificio humano en Mesoamérica

El sacrificio humano en Mesoamérica


....EN MESOAMÉRICA, EL SACRIFICIO HUMANO FUE UNA MANERA DE MUERTE RITUAL QUE PERMITÍA MANTENER LA VIDA Y PROLONGARLA DESPUÉS DE LA MUERTE, Y TENER LA IMPRESIÓN DE CONTROLAR UN UNIVERSO QUE SE PERCIBÍA COMO MUY INESTABLE...


Teotihuacan. Teotihuacan en Línea. Michel Graulich. El sacrificio humano en Mesoamérica está documentado de manera muy desigual. Sabemos mucho más sobre el Posclásico que sobre los periodos anteriores y conocemos mejor el Posclásico del Altiplano mexicano que los de otras regiones. Para el Preclásico y el Clásico debemos conformarnos con los datos proporcionados por la arqueología y la iconografía, y con lo poco que dicen al respecto las inscripciones mayas. En cambio, para el Posclásico tenemos, además, una gran cantidad de fuentes escritas. El Popol Vuh, libro sagrado de los mayas-quichés, es muy interesante porque algunas variantes de los mitos que contiene se cuentan hasta nuestros días en varias partes de Mesoamérica, y porque, según especialistas, esos mitos aparecen en vasijas del periodo Clásico. Esto, junto con otros muchos elementos, muestra la gran continuidad de las tradiciones religiosas mesoamericanas. Si queremos comprender el sacrificio humano debemos apoyarnos en esas fuentes, en particular en las del Centro de México, pues, como afirmó fray Bartolomé de las Casas: “…la religión de toda la Nueva España por más de ochocientas leguas en torno es toda cuasi una, dentro de las cuales se comprehenden las provincias de Guatimala y de Honduras y de Nicaragua”; en efecto, casi una, ya que hay muchas variantes y hasta concepciones teológicas diferentes, incluso entre los mexicas.

Se han encontrado entierros de individuos con víctimas sacrificadas pertenecientes, por lo menos, al Preclásico Medio. En un relieve de 700 a.C. localizado en Chalcatzingo, Morelos, se ve a probables sacrificadores, disfrazados de seres sobrenaturales, que se dirigen portando mazos hacia un cautivo maniatado; el pene casi erecto de la víctima y una caña de maíz sugieren un sacrificio de fertilidad. En Izapa, Chiapas, en una estela de principios del Clásico se asocia el sacrificio por decapitación también con la fertilidad, como lo indican los hojas con granos que brotan del cuello cortado. En la costa del Golfo y en Chichén Itzá, en el Posclásico Temprano, y entre los aztecas, ya en el Posclásico Tardío, lo que brota del cuello como símbolo de fertilidad son serpientes.
En Teotihuacan, la gran metrópoli del Clásico, el sacrificio por extracción del corazón fue una práctica importante, como se observa en su pintura mural. Algunas estelas mayas de esa época ofrecen testimonios de sacrificios de reyes vencidos. La práctica de exponer los cráneos de sacrificados en pequeñas plataformas se observa en Huamelulpan, Oaxaca, a principios de nuestra era, y en sitios de periodos posteriores como Copán, Honduras, y Uxmal, Yucatán. Estos tzompantli alcanzarán grandes proporciones –mayores incluso que las de los posteriores de México-Tenochtitlan– en Tula, Hidalgo, y en el Chichén Itzá del Posclásico Temprano, lo cual sugiere un auge extraordinario en los sacrificios de guerreros.

LAS IDEOLOGÍAS DEL SACRIFICIO
Para el Posclásico, el sacrificio humano era un rito que se había practicado por milenios; pero, ¿cómo se justificaban estas matanzas, a veces a gran escala? Los mitos y ritos del Centro de México y los de los mayas nos permiten comprender la ideología del sacrificio humano y desentrañar sus múltiples niveles de significación. En la base de todo está la noción de deuda. Una criatura debe la vida, y todo lo que hace posible vivir, a sus creadores. Debe reconocerlo y pagar su deuda, tlaxtlaua en náhuatl, mediante el ofrecimiento de incienso, tabaco, alimentos, o incluso su propia sangre, lo que representaba una obligación mayor según un mito mixteco.

Los primeros sacrificios –es decir aquellos en que se dio muerte a lo ofrecido– fueron los de los mismos dioses. Los hijos de la pareja primigenia cometieron una transgresión al crear o quitar la vida sin permiso de sus padres, igualándose así con ellos, que son los dueños de la vida por excelencia. Los mayas cuentan que Itzamná e Ixchel tuvieron 13 hijos y que algunos de ellos “se ensoberbecieron”, queriendo “hacer creaturas contra la voluntad del padre y madre, pero no pudieron…” Los hijos menores, Hunchuén y Hunahau, en cambio: “pidieron licencia a su padre y madre para hacer criaturas; concediéronsela, diciéndoles que saldrían con ello porque se habían humillado”. En algunas fuentes aztecas y de los quichés se mencionan otras transgresiones, entre ellas: expulsar a un hermano pedernal recién nacido del paraíso celestial; destrozar al monstruo telúrico (del cual nacieron el cielo y la tierra, y todo lo necesario para vivir); cortar la flor o la fruta de un árbol, es decir, procrear; jugar a la pelota o crear fuego con palillos (el movimiento asociado a estas dos últimas actividades es en sí mismo creador).

Los dioses transgresores, expulsados del cielo, son enviados a la tierra, a las tinieblas; de ligeros que eran, se vuelven pesados, materiales. Crean hombres a su servicio, pero no les gusta mucho vivir en la tierra con los hombres. Para obtener de nuevo la vida sin fin y el paraíso perdido, dos de ellos se echan al fuego, destruyendo así su pesado cuerpo. Como la vida puede renacer de la muerte, vencen a la muerte en el inframundo, emergen como el Sol y la Luna y son acogidos por sus padres satisfechos. Reconquistan el paraíso perdido, pero sólo en parte, porque cada vez que transcurre una era, edad o Sol, se vuelven más pesados y necesitan ser vivificados. Al mismo tiempo, ellos mismos se vuelven los “más allá” felices para los beneméritos: los guerreros van a la “casa del Sol” y otros, los elegidos por Tláloc, al “Tlalocan en la Luna”. Los otros dioses exiliados también deben aligerarse para dejar la Tierra y regresar con sus padres. De acuerdo con algunas versiones mexicas, deben ofrecer sus corazones y su sangre para alimentar al Sol.

En cuanto a las criaturas de la Tierra, son mortales porque son pesadas y telúricas, pero ellas también son responsables de haber cometido transgresiones. Según los mayas quichés, los animales, primero, y los hombres de lodo y los hombres de madera, después, fueron condenados al sacrificio o a morir porque no reconocían a sus creadores ni podían pronunciar sus nombres. La Leyenda de los Soles, un mito náhuatl que narra una primera guerra, realizada para alimentar al Sol y a la Tierra, es elocuente al respecto. Una diosa da a luz, en principio, a 400 mimixcoas (los de Mixcoac); luego tiene a otros cinco que, por ser amamantados por Mecitli, son los mecitin o mexicas. El Sol da ricas flechas a los 400 mimixcoas para que cacen y ofrezcan su caza a él y a la Tierra. Pero en lugar de cumplir con su deber, se emborrachan y van con mujeres. Entonces el Sol da flechas sencillas a los cinco hermanos menores y les ordena que maten a los 400; los mecitin cumplen la orden en seguida y así alimentan a sus padres (una situación similar se encuentra en los relatos sobre las primeras guerras de los quichés). Se trata de un mito interesante no sólo por ser un tema omnipresente en la mitología mesoamericana: el del pobre joven recién llegado (como lo fueron los toltecas, como lo eran los mexicas, los quichés...) que vence a sus poderosos mayores, sino también porque muestra que el sacrificio humano era efectivamente un castigo: si el Sol y la Luna exigen hombres en lugar de animales, es porque no cumplieron con su deber. Debe destacarse también que aquí los mexicas se presentan como si no tuvieran culpa alguna: los impíos son los otros, sus enemigos. Cabe agregar que los guerreros sacrificados portaban los atavíos de los mimixcoas, a quienes encarnaban. En lo esencial, el sacrificio humano era expiación y un medio de destruir el cuerpo-materia para sobrevivir después de la muerte. Así lo confirman las palabras de las víctimas liberadas por Pedro de Alvarado antes de la matanza en la fiesta de tóxcatl: decían que querían morir para ir a la casa del Sol. Se trataba también de un medio para alimentar a los dioses y vitalizarlos, aunque esto también podía hacerse con animales u otras comidas, como incienso, hierbas, flores, papel...
vasija teotihuacana

Además del sacrificio de guerreros había también el de imágenes o representantes, ixiptlas, de los dioses, por lo común esclavos que recibían un baño ritual –es decir, eran purificados–; niños (para los dioses de las lluvias y de los montes); muchachas nobles; condenados por diversos crímenes; voluntarios, etc. Así, estas víctimas “eran” los dioses, que morían a través de ellas para renacer más fuertes y rejuvenecidos. Sin embargo, debe subrayarse que muchos de los dioses eran ellos mismos ixiptlas de otra cosa: el agua, la tierra, el fuego, el maíz, los astros, etc.; tal vez eran éstos, ante todo, los que eran regenerados y vivificados. Cuando Nanáhuatl y la Luna eran quemados en el mes de panquetzaliztli, el mismo en que moría Huitzilopochtli, lo que se recreaba era el sacrificio del Sol y la Luna en Teotihuacan, y aquéllos representaban a estos astros que nacían de nuevo.

Los dioses morían a través de las víctimas humanas y lo mismo ocurría con los sacrificantes, los que ofrecían a la víctima, ya fuera un guerrero cautivo, un esclavo comprado o un hijo. Sahagún confirma esta idea, al explicar que “…el señor del cautivo no comía de la carne, porque hacía de cuenta que aquella era su misma carne, porque desde la hora que le cautivó le tenía por su hijo, y el cautivo a su señor por padre”, es decir, el hijo era el ixiptla del padre. Al morir simbólicamente a través de su víctima, el sacrificante aumentaba su fuego interno, se aliviaba y obtenía una existencia feliz después de la muerte.

La mayor parte de las immolaciones de hombres se realizaba a lo largo de los ciclos festivos de los meses del calendario solar y del calendario de 260 días, muchos de los cuales eran “aniversarios” de dioses. Las fiestas del año solar eran especialmente importantes porque en ellas se recreaban –de diferentes maneras, según la ciudad que las celebraba– diversos aspectos de la cosmogonía mesoamericana: la expulsión del paraíso, la creación de la tierra y el nacimiento de Venus y del maíz, las migraciones de los pueblos en las tinieblas, el sacrificio del Sol y la Luna, su victoria en el inframundo. Después se recreaban la salida del Sol y la primera guerra efectuada para alimentarlo, fiesta que era al mismo tiempo la de la cosecha del maíz para los hombres y la cosecha de guerreros para el Sol y la Tierra. Posteriormente venían las recreaciones del paraíso perdido y la de la transgresión que coincidía con la puesta del Sol, el cual penetraba a la tierra y la fecundaba –para los nahuas morir significaba “tener parte con la Señora Tierra”. En esas celebraciones morían y nacían de nuevo casi todos los dioses –con excepción de la pareja creadora, que no recibía culto por parte de los hombres y únicamente se ocupaba en crear chispas de vida–: los de la tierra, del agua, del maíz, de los cerros (tlaloques y otros), del pulque, de la caza, Huitzilopochtli, los mimixcoas y los huitznahuas, Nanáhuatl y la Luna, los de la muerte y del fuego, Tezcatlipoca, las diosas de las flores, del amor, del agua, de la sal, de la pimienta... Todos ellos, y todo el mundo, se vivificaban, pero también se creaban estrellas sustentadoras de la bóveda celeste arrojando cautivos en hogueras, se erigían postes dos veces al año para evitar la caída del cielo, se pagaban las lluvias y cosechas obtenidas con ofrendas de bienes de todo tipo, etc.

Había otras muchas ocasiones que requerían de sacrificios humanos: guerras y batallas; desajustes del orden cósmico, como eclipses, sequías, hambres, inundaciones; la expiación por ofensas en el culto a los dioses, como robo de objetos sagrados, dejar escapar víctimas, etc.; motivos personales, como cuando un padre que escapaba de la muerte ofrecía a su hijo en pago; y, finalmente, la inmolación de acompañantes para los difuntos.

Una misma víctima podía morir para expiar y sobrevivir en el más allá; para hacer morir y renacer a una deidad y a lo que encarnaba, así como a su propio “señor”, su sacrificante; para alimentar y “vivificar” a una deidad; para sostener la bóveda celeste; para fecundar la tierra; para aplacar a los dioses, darles las gracias, reconocer su superioridad y poner de manifiesto la dependencia del hombre.

LOS ACTORES DEL SACRIFICIO
Los principales eran los sacrificantes, los sacrificadores y los sacrificados. Entre los primeros había guerreros; mercaderes, artesanos ricos y otros particulares; representantes de calpullis o corporaciones, reyes. El Estado, que se hacía cargo del costo de las guerras, también ofrecía en ocasiones víctimas, las cuales eran parte del tributo de otras ciudades. Sin embargo, generalmente las víctimas eran capturadas durante las guerras de conquista o bien eran compradas por individuos que recibían apoyo de su familia y del grupo al que pertenecían. Los sacrificantes se hacían notar; por ejemplo, el guerrero lo hacía desde el campo de batalla, luego en su entrada triunfal a la ciudad con sus cautivos, en la presentación pública de éstos, en las danzas, en la velación con las víctimas en su última noche, en la marcha al templo con el vencido, en el banquete posterior, todo lo cual conllevaba prestigio y honores. Lo mismo ocurría cuando se trataba de un esclavo purificado. Debía anunciarse la intención de inmolar, comprar y presentar a una víctima, la cual iba vestida por la ciudad, durante semanas, meses o todo el año, como una deidad y, además, debía desempeñar el papel de esa deidad y ser tratada como tal. También había que bailar con la víctima, velarla en su última noche, llevarla al templo e incluso –lo cual no estaba permitido a los guerreros– subir por la pirámide hasta la piedra de sacrificio y ver al dios (en su templo), cara a cara, es decir, morir simbólicamente.

Los sacrificadores eran por lo general sacerdotes especializados, muy estimados por los aztecas y poco por los mayas. Hay que distinguir entre los grupos de ayudantes, como los chalmeca nahuas (“los de Chalman”, conocidos como chalamicat entre los quichés), por ejemplo, que se encargaban de mantener a la víctima, y quienes extraían algo del cuerpo de la víctima (el corazón, la sangre, las entrañas), los cuales manejaban un cuchillo que podía simbolizar la mano del dios o el rayo celestial. A veces algunos guerreros (en el “sacrificio gladiatorio”, conocido también en Guatemala) o gran parte de los que asistían al ritual participaban en la matanza, como ocurría en Cuauhtitlan, en el mes de izcalli, cuando más de 2 000 hombres y muchachos flechaban a seis cautivos de guerra atados en palos muy altos. Cabe agregar que los sacrificadores, los sacrificantes, el público y, en menor grado, las víctimas, se preparaban y asociaban al sacrificio mediante diversas penitencias, autosacrificios, ayunos, continencia y danzas (bailar significaba “merecer”).

Vaso policromo. imagen: Justin Keer


EL NÚMERO DE VÍCTIMAS Y LOS DIFEERENTES TIPOS DE MUERTE
La cantidad de víctimas variaba mucho de acuerdo con la importancia de la ciudad o el pueblo. En algunos casos se habla de dos o tres por año y de muchos más en ciudades poderosas. En Tenochtitlan, Tlaxcala, Chichén Itzá, se sacrificaba a cientos o miles de víctimas en las grandes fiestas, como la del renacimiento del Sol (panquetzaliztli, yaxkín). Como es bien sabido, las fuentes en náhuatl se vanaglorian de que en ocasión de una doble celebración, la entronización de Ahuítzotl y la inauguración del gran templo de Tenochtitlan, en 1487 d.C., se inmoló a 80 400 prisioneros, lo cual parece poco probable. Lo cierto es que las víctimas eran muchas, tal vez tantas como en la India del siglo XIX, por ejemplo, aunque debe tomarse en cuenta que en otras culturas los guerreros habrían sido muertos en el campo de batalla.

El registro de las distintas maneras de sacrificar en el Posclásico es muy rico y muchas veces se pueden reconocer los modelos míticos: las más comunes eran la extracción del corazón y la decapitación; venían luego el flechamiento, el sacrificio gladiatorio, por fuego, enterrar viva a la víctima, por derribamiento desde un alto mástil o por golpes en una peña, por extracción de las entrañas, estrujamiento en una red, derrumbamiento de un techo sobre las víctimas, descuartizamiento, lapidación. En ocasiones se podían combinar dos, tres y hasta cuatro métodos de muerte ritual; por ejemplo, en honor del Sol y de la tierra, se hacía extracción del corazón y luego decapitación, o a la inversa; también podía arrojarse a la víctima al fuego y luego realizar estos dos últimos métodos. El uso de anestésicos era común en los sacrificios por fuego. Muchas víctimas iban a la muerte sin miedo –incluso había voluntarios– pero otras lloraban o debían ser arrastradas hasta la piedra de sacrificio.

EL ALIMENTO DE LOS DIOSES Y DE LOS HOMBRES
En ocasiones los dioses del cielo y otros se conformaban con la “esencia” del muerto, es decir, el humo del corazón quemado, el vapor de la sangre, mientras que los hombres comulgaban de la deidad o semideidad muerta. Sin embargo, en ciertos casos se renunciaba a la víctima y se le destruía en el fuego (lo que sucedía raras veces), enterrándola en una cueva o en una pirámide, o lanzándola a un remolino en un lago. Se puede considerar que en este caso el destinatario o, más precisamente, aquello de lo cual el dios era el ixiptla o representante: tierra, fuego, agua, etc., se comía directamente a las ofrendas humanas.

El sacrificio humano era un medio para alimentar a los dioses, una expiación y una manera de destruir el cuerpo-materia para sobrevivir después de muerto: la vida nacía de la muerte.
El banquete antropófago era un evento religioso y social muy importante. Se comía al muerto divinizado, se unía con él, pero también se trataba de una ocasión para invitar y honrar a familiares, para hacer relaciones con personajes importantes, para ganar prestigio, y en todo esto se podía gastar el producto de años de trabajo.

El sacrificante conservaba restos de su víctima, como el cabello de la coronilla –que contenía parte del calor vital y del “honor” del sacrificado– o sus atavíos; el guerrero se quedaba con el fémur del muerto, el cual colgaba en el patio de su casa para proclamar su valentía y gozar de la protección de este “dios cautivo” (maltéotl) cuando iba a la guerra.

LAS CAUSAS
Varios autores se han preguntado sobre las causas más profundas de los sacrificios a gran escala y del canibalismo. En el siglo XVI se creía que la falta de carne podía ser una motivación, aunque esta explicación se desechó totalmente en los cincuenta del siglo pasado. Hay que tomar en cuenta que los sacrificios masivos se daban sólo en algunas grandes ciudades, y que incluso en éstas la gente común tenía poco acceso a la carne humana y que se comían sólo pequeños pedazos de los cuerpos. La presión demográfica es otra explicación, pues parece que el aumento de la cantidad de víctimas en el Centro de México coincidió con un gran crecimiento de la población. Una tercera explicación puede basarse en las teorías de René Girard, según las cuales por medio del sacrificio se intentaba neutralizar la violencia interna del grupo. En este caso, la importancia de los sacrificios humanos se podría explicar por la mayor fragilidad de las ciudades-Estado del Centro de México, compuestas por grupos con lenguas y orígenes a veces muy diferentes. Sin embargo, nada de esto ha podido comprobarse. Así, puede decirse que el sacrificio humano mesoamericano fue una manera extraordinaria de utilizar todos los posibles sentidos de la muerte ritual, para mantener la vida y prolongarla después de la muerte, y para tener la impresión de que se controlaba un universo que se percibía como excesivamente inestable.
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Michel Graulich. Director de Estudios Religiosos en la Escuela Práctica de Altos Estudios, París. Profesor de la Universidad Libre de Bruselas. Acaba de escribir un libro sobre el sacrificio humano azteca

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martes 20 de octubre de 2009

La leyenda de Teotihuacan


La leyenda de Teotihuacan (leyenda del quinto sol)

Teotihuacan en Línea. Teotihuacan. Antes de que hubiese día, se reunieron los dioses en Teotihuacan y dijeron, ¿Quién alumbrará el mundo? Un dios rico (Tecuzitecatl), dijo yo tomo el cargo de alumbrar el mundo. ¿Quién será el otro?, y como nadie respondía, se lo ordenaron a otro dios que era pobre y buboso (Nanahuatzin). Después del nombramiento, los dos comenzaron a hacer penitencia y a elevar oraciones. El dios rico ofreció plumas valiosas de un ave que llamaban quetzal, pelotas de oro, piedras preciosas, coral e incienso de copal. El buboso (que se llamaba Nanauatzin), ofrecía cañas verdes, bolas de heno, espinas de maguey cubiertas con su sangre, y en lugar de copal, ofrecía las postillas de sus bubas. A la media noche se terminó la penitencia y comenzaron los oficios. Los dioses regalaron al dios rico un hermoso plumaje y una chaqueta de lienzo y al dios pobre, una estola de papel. Después encendieron fuego y ordenaron al dios rico que se metiera dentro. Pero tuvo miedo y se echó para atrás. Lo intentó de nuevo y volvió para atrás, así hasta cuatro veces. Entonces le tocó el turno a Nanauatzin que cerró los ojos y se metió en el fuego y ardió. Cuando el rico lo vio, le imitó. A continuación entró un águila, que también se quemó (por eso el águila tiene las plumas hoscas, color moreno muy oscuro o negrestinas, color negruzco); después entró un tigre que se chamuscó y quedó manchado de blanco y negro. Los dioses se sentaron entonces a esperar de qué parte saldría Nanauatzin; miraron hacia Oriente y vieron salir el Sol muy colorado; no le podían mirar y echaba rayos por todas partes. Volvieron a mirar hacia Oriente y vieron salir la Luna. Al principio los dos dioses resplandecían por igual, pero uno de los presentes arrojó un conejo a la cara del dios rico y de esa manera le disminuyó el resplandor. Todos se quedaron quietos sobre la tierra; después decidieron morir para dar de esa manera la vida al Sol y la Luna. Fue el Aire quien se encargó de matarlos y a continuación el Viento empezó a soplar y a mover, primero al Sol y más tarde a la Luna. Por eso sale el Sol durante el día y la Luna más tarde.






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Teotihuacan un imperio de expansión

Teotihuacan un imperio de expansión

Teotihuacan en línea. Teotihuacan. Los historiadores han llegado a la conclusión de que los creadores de esta civilización fue un pueblo del que no se tiene noticia. Están seguros de que no fueron ni los olmecas ni los toltecas. La etnicidad nahua puede descartarse, ya que el final de Teotihuacan coincide aproximadamente con la fecha estimada de la llegada de pueblos nahuas a México. El lingüista Lyle Campbell, especialista en lenguas americanas, estima que la etnicidad más probable para los teotihuacanos es la totonaca.3 Se sabe por las excavaciones que lo más antiguo de Teotihuacan es anterior a la cultura tolteca y con un gobierno ejercido por una teocracia.
En los primeros siglos de nuestra era, Teotihuacan pasó a ser un estado que fue ensanchando sus relaciones comerciales y de tributación en gran medida en Mesoamérica, así como su influencia cultural. Durante su edad dorada influyó sobre muchos pueblos vecinos e inspiró otras culturas además de legar conocimientos científicos y culturales a las sociedades posteriores. Por esta razón es muy frecuente encontrar por todo el territorio mexicano rastros y evidencias de esta cultura.
La expansión de Teotihuacan no se logró sólo por las armas, sino por la combinación entre la actividad militar, el comercio y el establecimieno de alianzas políticas. Entre las principales mercaderías monopolizadas por los teotihuacanos estaba la obsidiana, el alabastro y la cerámica Anaranjado Delgado. Cuando la ciudad se hizo grande y poderosa, las casas pasaron a ser edificios de mampostería en lugar de simples chozas. La clase gobernante, la aristocracia, vivía en un barrio rodeado por una muralla, construido en las cercanías de lo que actualmente se llama la Calle de los Muertos (o calzada o vía). Sus palacios estaban ricamente adornados por pinturas murales donde se representaban figuras de animales, deidades y otros personajes relacionados con la religión. El resto de la población vivía en conjuntos habitacionales de tamaño y estructura diversa.
Estas construcciones, de las que se construyeron más de 2000, consistían en apartamentos de una sola planta, intercomunicados, con un patio central con un pequeño adoratorio del dios tutelar de sus habitantes, que llegaron a ser entre 60 y 100 individuos. La cantidad y disposición de los conjuntos varió en función de la clase y posición social de sus habitantes, pero constituyó núcleos habitacionales hoy identificados que contaron con calles de tamaño variable con una extensión promedio de 60 metros por cuadra.
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viernes 31 de julio de 2009

Ruinas en Honduras, mezcla de cultura maya y teotihuacana


Ruinas en Honduras, mezcla de cultura maya y teotihuacana

Teotihuacan (EFE).- La ciudad maya de Copan, situada hoy en Honduras, fue fundada por una alianza entre dinastías mayas y teotihuacanas, según un análisis de pinturas murales en Teotihuacán, de la historiadora del arte mexicana María Teresa Uriarte.
La experta dijo que hay diversas pinturas que denotan numerosos vínculos entre ambas culturas, las cuales se desarrollaron un milenio antes de Cristo y alcanzaron su esplendor entre los siglos II y X de nuestra era.
Mientras los mayas se asentaron en la mexicana península de Yucatán y en Centroamérica, los teotihuacanos tenían su centro unos 50 kilómetros al norte de lo que es hoy Ciudad de México y fue antes la Tenochtitlan azteca.
Uriarte, especialista de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) dijo que numerosas escenas en murales de los centro arqueológicos de Atetelco y Tepantitla, dos barrios de Teotihuacán, demuestran los vínculos entre ambas civilizaciones prehispánicas y la creación conjunta de una nueva ciudad.
Uriarte indicó que en una pintura de Atetelco se muestra, junto a la figura del "Coyote emplumado", un símbolo de las culturas del altiplano, al "Jaguar reticulado" que representa a las dinastías mayas.
Ambos están unidos por una serpiente alegórica, que sustentaría la idea de una alianza. La experta afirmó que esta relación "ha sido sustentada mediante descubrimientos arqueológicos recientes, justamente en Copán".
"Esta serpiente guarda un comportamiento que, para el pintor teotihuacano, fue trascendental. Las serpientes se entrelazan para aparearse", argumentó.
"Así, el símbolo es el apareamiento del 'Jaguar reticulado' y del 'Coyote emplumado', lo que alude a la gente de ambas dinastías, representada por esos símbolos, se unieron en algún momento", explicó.
En la imagen de la serpiente se observa un glifo maya, que significa "ciudad", un elemento que aparece en otros murales de Teotihuacán, en particular en Tepantitla.
"A mi parecer, esto está relacionado con el establecimiento de una nueva 'tollan', ciudad, tal vez Copán con su dinastía de origen teotihuacano ", dijo la académica al clausurar un ciclo de conferencias sobre Teotihuacan.
Uriarte aseguró que existen semejanzas de formas plásticas, entre el área maya y Teotihuacan, desde el año 378 de nuestra era.
No obstante, aclaró que los especialistas no han llegado a un acuerdo sobre si fue producto de la invasión, de una influencia o si las dinastías de algunos lugares como Tikal o Copán, estuvieron ligadas con Teotihuacan a partir de esa fecha.
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martes 28 de julio de 2009

Descubren misteriosa pirámide perteneciente a civilización desconocida


Descubren misteriosa pirámide perteneciente a civilización desconocida

Teotihuacan. La región central de América es la cuna de algunas de las civilizaciones antiguas más avanzadas del continente, como olmecas, mayas, aztecas. Todos ellos dejaron increíbles esculturas y edificios. Pero ahora, en el centro de México, han descubierto una misteriosa pirámide y esculturas que apuntan a una cultura desconocida. Los objetos fueron descubiertos en el valle de Tulancingo, un gran cañón que termina en la costa del Golfo de México.
41 artefactos que no se parecen a los de ninguna cultura mexicana, según Carlos Hernández, arqueólogo del Instituto Nacional de Antropología de México. Muchas de las figuras son personas sentadas con sus manos sobre las rodillas.
Algunos tienen sombreros con serpientes, que podrían representar al dios azteca Quetzalcóatl. Las esculturas están hechas de un material que combina arena, limo y agua, y pintadas de azul o verde para que se parezcan al jade. Se creen que son del período epiclásico entre el año 600 y el 900.
Según dijo Hernández algunos arqueólogos creen que las esculturas no son antiguas o que son falsas, pero se ha comprobado que no es así. “Vinculando todas las características”, dice, “ que hacen diferentes a estos artefactos, nos permite decir que deben ser consideradas como el producto de una cultura diferente llamada Huajomulco”. Pero lo más interesante es que los artefactos fueron descubiertos cerca de la misteriosa pirámide Huapalcalco, ubicada en Hidalgo.
El origen de esta pirámide ha sido ampliamente debatido entre los arqueólogos. La proporción de la pirámide, mas estructuras menores pintadas de negro y blanco, no corresponden ni a los Toltecas ni a Tehotihuacan, culturas que estaban en la zona para ese período. Y la alfarería descubierta en el yacimiento tampoco resulta familiar para los arqueólogos.
Hernández cree que la pirámide debe haber sido construida por esta cultura desconocida. Thomas Charlton, arqueólogo estadounidense de la universidad de Iowa, que trabaja en la zona, también cree que se trata de una nueva cultura. Se trataría de una que existió entre la caída de Teotihuacan y el comienzo del poderío Tolteca. Tras la caída de Teotihuacan aparecieron numerosos estados pequeños en México, parte del ciclo de la caída de un imperio. Así que no sería nada raro que se descubra una cultura antes desconocida de ese período de tiempo. Teotihuacan
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domingo 19 de abril de 2009

Moctezuma

Moctezuma

Teotihuacan. Federico Ortíz-Moreno * (Eminente escritor español de principios del siglo XVII. Uno de los más afamados literatos de la verdadera literatura universal. Genio religioso que escribiera grandes obras entre las que destacan El Gran Teatro del Mundo, La Vida es un Sueño y El Alcalde de Zalamea. poeta y dramaturgo insigne que llevara por nombre Pedro Calderón de la Barca). MOCTEZUMA: Gran emperador de los aztecas. Joven guerrero con espíritu y alma de lucha. Noveno señor de los mexicas.Monarca de gran valor, que teniendo fama de humilde y virtuoso, pasó después, subiendo al poder, a serun gobernante soberbio y orgulloso. Hombre religioso y muy supersticioso, llamado así mismo «el escogidode los dioses», el fue Moctezuma II, Xocoyotzin.
Lo que somos y lo que fuimos
Lo que una vez dije, cuando escribiera sobre Cuauhtémoc, digo ahora: «Generalmente olvidamos a aquellos que nos dieron vida, aquellos que nos dieron nuestras raíces, nuestros principios, nuestras creencias... Partimos de muchas ramas, las iniciales fueron las aztecas».
Venimos todos de muy lejanos lugares, como si fuéramos polvo de los vientos. Tenemos y llevamos en nuestra sangre influencias indígenas, indias, mestizas y españolas. No somos, por ningún motivo de sangre azul; pero sí, tal vez, de mucho mejor linaje que el que suponemos.
Nuestros antepasados han quedado en el olvido. Jamás aprendimos de ellos. Aplaudimos (en aquel tiempo) a aquellos que nos dominaron; les dimos todo: sustento, abrigo y hasta a nuestras mujeres. Y la historia queda, así, algo confusa u olvidada. Pero no es hora de lamentarnos. Vivamos también nuestro presente, sin olvidarnos de las amargas experiencias del pasado a fin de que no sucedan nuevamente. El ayer quedó en el ayer, el pasado quedó en el pasado. Hoy es hoy; y, por lo tanto, debemos escribir desde este día nuestra historia.

Los antiguos gobernantes
Muchos nos preguntamos acerca de quién habría antes de nosotros, quién habría pisado antes nuestro suelo, vivido nuestras desgracias o saboreado nuestros triunfos. La historia, siempre callada, no cuenta todo. Parca, seria y meditabunda, nuestra historia queda muchas veces como sumergida en el silencio.

Reyes, gobernantes y tribus
En México hemos tenido de todo: reyes, monarcas, emperadores, gobernantes, regentes, audiencias, virreyes y, a lo mejor, -según circula un libro por Europa- hasta príncipes y condes. Los gobernantes van y vienen, otros vienen y se van. Sin embargo, para disipar dudas y estructurar un poco más nuestra cronología, daremos por hecho que fueron los aztecas y los mexicas los primeros pobladores de estas tierras.
Aparte de los mexicas, también hubo otras tribus: los tenochcas, los totonacas (o totonacos), los chimalpopocas, los toltecas, los tlaxcaltecas, los huiztilíhuitl, los otomíes, y muchos otros más; pero, de entre los primeros, solamente citaremos a los mexicas y a los aztecas.

Los primeros gobernantes
Sumamente interesante es leer, aunque sea un poco, acerca de nuestros antepasados. En ello hay mucho de historia, a la vez que enigmática leyenda. Y si de historia habría mucho que contar; de leyenda, mucho más. Simplemente hojear unas cuantas páginas que hablen sobre el Imperio Azteca, de los primeros gobiernos mexicas: desde la historia del legendario Huitzilopochtli; hasta Tenoch, importante jefe sacerdote.
También estarían toda esa serie de los once señores mexicas, comenzando por Acamapichtli, pasando por Huitzilíhuitl, Chimalpopoca, Izcóatl, Moctezuma Ilhuicamina, Axayácatl, Tizoc, Ahuizotl, Moctezuma Xocoyotzin y Cuitláhuac, llegando hasta Cuauhtémoc.
Recordemos que los primeros gobiernos mexicas fueron teocráticos; después los regímenes tuvieron al mando caudillos militares. Al final, con Moctezuma II (Moctezuma Xocoyotzin), tendrían un jefe supremo de un gran Estado, no un tlatoani o un tecutli sino un tlacatecutli, Señor de Señores, quien reunía los poderes religioso, militar y administrativo.

Señor joven e iracundo
Moctezuma II, Moctezuma Xocoyotzin nació el año de 1446 y murió en México-Tenochtitlán el 29 de junio de 1520. Noveno rey de los aztecas, hijo de Axayácatl, Moctezuma sucedió a su tío Ahuízotl. Mantuvo el dominio de los pueblos sujetos a tributo y extendió las rutas comerciales mexicas hasta Panamá.
Joven netamente guerrero, con un alto espíritu de lucha, hermano de Cuitláhuac y Cacama, Moctezuma tenía la reputación de ser valiente, prudente y muy religioso. Tenía también fama de ser humilde y virtuoso; pero, cuando subió al trono, todo cambió. Moctezuma se volvió soberbio y orgulloso. Mostró un profundo desprecio para los que no eran nobles y, en pocas palabras, el humo y el poder enegrecieron su cabeza.

Moctezuma II
Moctezuma era un señor al que le gustaba el poder. Para él no había medias tintas. O marchaban con él, se iban con él; o, «marchaban...», en el sentido de «irse», «morir» o «fallecer». Era un hombre sañudo, muy temperamental, sumamente iracundo...
Desde un principio se dio cuenta de su gran poder y él mismo se hizo llamar «Tlacatecutli», que significa «señor de señores». Fue el segundo de los Moctezuma (el primero fue Moctezuma Ilhuicamina, el Flechador del Cielo, que reinara de 1404 a 1464, y fuera hijo de Huitzilíhuitl). Este nuevo Moctezuma (Moctezuma II Xocoyotzin), era muy diferente: mostraba un profundo desprecio por la clase que no era noble.

Su gobierno
Todo plebeyo que ostentara un cargo público era removido de su cargo. Las «etiquetas» eran cada vez más estrictas, los ceremoniales más fastuosos; no todo mundo podía entrar al círculo de Moctezuma. Su corte era cada vez más exclusiva, organizándola de tal modo que se le rindiera constante pleitesía.
Al recibir su gobierno llevó a cabo una guerra contra los otomíes. Su intención era capturar a 1,000 hombres, hacerlos sus prisioneros, y sacrificarles el día de su coronación. Tal era la crueldad de este hombre, no muy distinta a la que vemos en otros sitios.
Y lo que son las cosas, no sólo logró esto, sino que rebasó la cifra. Habiendo realizado una vez una campaña en Nopalla e Icpactepec, en territorio otomí, regresó para su investidura como gran señor de los mexicas con un gran botín y 5,000 prisioneros, los cuales habrían de ser sacrificados el día de su consagración.

Un joven guerrero
Moctezuma Xocoyotzin fue un joven guerrero. Siempre dispuesto a la lucha, a obtener ganancias; pero, sobre todo, a obtener más poder. Así era él, su deseo de ser cada vez más le llevaría a muchos problemas, incluso hasta que los propios nativos y allegados se aliasen con los conquistadores para derrocarle. Estaban hartos de la tiranía de Moctezuma y, sobre todo de esos avorazados recolectores de impuestos.
Mientras tanto, Moctezuma sabía de otros pueblos que aún no se habían sometido, y él intentaba hacerlo. Dentro de ese gran territorio aún quedaban algunos señoríos independientes como la República de Tlaxcala, Huejotzingo y Mextitlán.
Violando el Trato de la Guerra Florida que se tenía contra los tlaxcaltecas y otra tribu, la de los huejotzingas, Moctezuma agredió a estos pueblos para obligarlos a pagar tributo; cosa que no logró, pues los otros tampoco se iban a dejar fácilmente manipular.
Y si bien no pudo lograr sus propósitos de la manera que él lo deseaba, sí pudo, en cambio, presionar de otra manera: los rodeó, los mantuvo encerrados en un agobiante círculo para que con nadie pudieran comerciar. Los tlaxcaltecas tuvieron que recurrir a tomar sus alimentos con tequezquite (carbonato de sosa natural, salitre); ya que no podían obtener la sal que antes compraban a los pueblos de las costas.
El empeño de Moctezuma por avasallar a los tlaxcaltecas no sólo fue en vano, sino que creó un profundo odio a los mexicanos y a Moctezuma, principalmente. Fue en esta época en que otro joven guerrero salta a la luz. Se trataba de Cuitláhuac, el próximo señor de los mexicas, hermano del propio Moctezuma.

La forma de gobierno
Durante los últimos 50 años el estado mexica había alcanzado nivel muy avanzado. La maquinaria establecida era casi excelente. Un tipo de gobierno, bastante eficiente, una especie de federación hecha con antiguos aliados como Tacuba y Texcoco.
La vieja enemistad con Tlaltelolco y Atzcapozalco había desaparecido; pero, con la llegada del «escogido de los dioses», como se hacía llamar Moctezuma II, desapareció el sistema; de nadie soportó él la intervención en el manejo del gobierno, del ejército o de la religión.
Los tecutlis eran simples señores designados por él (muy parecido a lo que sucede en nuestros días de «democracia compartida»), para que estuvieran al tanto de las dependencias amigas. Por otra parte, los calpuleques y calpixques, que eran los que se encargaban de la recaudación de los tributos, tenían como única misión: el satisfacer los deseos del tlacatecutli, «el señor de señores».

Y vienen los cambios
Moctezuma II o Xocoyotzin, quien era un hombre religioso y muy supersticioso, tan pronto supo de la llegada de «los hombres blancos y barbudos que venían de donde se pone el Sol», no dudó en dar por un hecho la realización del regreso de Quetzalcóatl con sus hermanos.
A la llegada de los españoles no salió para combatirlos, sino para halagarlos. Antes, ya se habían librado ciertas batallas. En Tabasco (no en Veracruz, como a veces se cree o se ha hecho creer), es donde se efectúa al primer desembarco; mismo sitio donde tiene lugar el primer choque armado con los indígenas.
Los indios se resisten, pero éstos son finalmente derrotados por las fuerzas de Alvarado. Cortés trata de obtener la amistad de los vencidos y lo logra al devolver la libertad a los prisioneros. Ambos grupos tratan de congraciarse. Cortés negocia con ellos y éstos (los indios) le hacen entrega de varios presentes, entre ellos veinte mujeres, una de las cueles sería la famosa Malinche.

La Malinche
Su nombre fue Marina, mejor conocida como Malinche. Una de las veinte mujeres que le dieran a Cortés a cambio de paz y tranquilidad. Malinche, esa mujer sobre quien la historia ha callado mucho y sobre quien se ha hablado mucho, aunque escrito poco. Esa mujer que se convirtiera en la amante de Cortés y fiel interprete y auxiliar de los españoles.
Bella mujer, Malintzin, Marina o Malinche, como quiera usted llamarla, la joven amante de Cortés quien a veces no tenía reposo a fin de complacerla, fue la más fiel y eficaz intérprete de la conquista y la más abnegada compañera del caudillo. Gracias a ella los españoles supieron muchas cosas, muchos secretos y detalles que les hicieron más fácil la conquista.

El desembarco
El 21 de abril de 1519 habían llegado Cortés y sus hombres a un islote al que denominaron San Juan de Ulúa. A los pocos días, en la costa del continente, Cortés fundaría la Villa Rica de la Vera Cruz; hoy, Veracruz.
El señorío azteca tenía muchos enemigos. De ello se valdría Cortés para someterles. Moctezuma II le pide que abandone el país. Cortés no hace caso y avanza hacia Cempoala en compañía de los totonacos que le habían brindado su alianza. Luego tendría dificultades, pero las salvaría.
Cortés vence a los tlaxcaltecas y los convierte en sus aliados (Recordemos que éstos estaban peleados a muerte con Moctezuma). Emprende luego la penetración y va hacia adelante. El hecho más sangriento de la conquista tiene lugar en la ciudad sagrada de Cholula, donde ante las sospechas de una conspiración indígena, Cortés ordena una gran matanza.

En la Gran Tenochtitlán
El 8 de noviembre de 1519 Cortés penetra en la Gran Tenochtitlán (o Tenochtitlan), la capital azteca, a orillas del lago de Texcoco. Nadie trata de impedírselo. Moctezuma II sale a recibirlos y les colma de riquísimos regalos.
Era el 8 de noviembre de 1519. Moctezuma les aloja en uno de sus palacios (el antiguo Palacio de Axayácatl, el Templo de la diosa Toci). Cortés trata con él el asunto de la religión; el que abandone sus creencias a los ídolos, pero Moctezuma se opone. Por otra parte
Empiezan los arreglos. Cortés, con el ánimo de comprarle, le ofrece prisioneros (me imagino que los indeseables) a fin de que Moctezuma tuviese el placer de sacrificarles y utilizarlos en sus ceremonias de consagración...
Sabe que se halla en poder del Emperador o Tlacatecutli de los aztecas, quien bien pudiera eliminarlos; le entra el miedo e intenta hacer algo. Era necesario hallar un pretexto para apoderarse de Moctezuma y valerse de su persona (un rehén) en caso de peligro.
Cortés prepara su plan. La oportunidad (excusa o justificación) se presenta muy pronto. Recibe la noticia de que los indios del litoral se habían sublevado y herido de muerte a Juan Escalante. Algo tenía que hacer, su plan empezaba a funcionar. Había que actuar y el plan ya lo tenía.
Era el 15 de noviembre. Hernán Cortes y sus capitanes hacen una visita a Moctezuma y lo obligan a abandonar el palacio para convivir con ellos en el cuartel. El monarca acepta, pensando, que tal vez con esto, contemporizando con ellos, vencería a sus temibles enemigos; o, más bien, convencido de que la resistencia sería inútil, en vista de las armas sorprendentes que poseían; o bien por que las profecías del retorno de Quetzalcóatl le atemorizaban.
Moctezuma castiga a los culpables del ataque a la Villa de la Vera Cruz. Impide más sublevaciones y pide prudencia y discreción a sus hombres. Luego, Cortés, a fin de asegurar la soberanía española, le pide a Moctezuma que se reconozca como súbdito de España. Moctezuma lo hace y ordena a su pueblo obediencia y sumisión al nuevo monarca. No todos cumplen pues muchos caciques se resisten... “¿Quién era Carlos V para ellos...?” -pensaban.

Problemas en Tenochtitlán
Entre tanto, en Tenochtitlán se produce una gran insurrección. Durante la ausencia de Hernán Cortés, Pedro de Alvarado interrumpe con violencia una ceremonia religiosa que se efectuaba en el Teocalli de Tenochtitlán. Esto provoca la indignación de los aztecas.
Alvarado tiene que encerrarse con sus soldados en su cuartel y esperar el regreso de Cortés. Este llega con su ejército notablemente reforzado y obliga a Moctezuma a parlamentar con sus súbditos y que hiciera saber a los demás que sólo era huésped de los españoles y no su prisionero.
La turba enfurecida no le cree. Arremete contra él con flechas y piedras. Hay desesperación. Ni Moctezuma ni los españoles saben qué hacer. Cortés pide al soberano que hable con su pueblo. En la arenga y trifulca Moctezuma recibe una pedrada (que según algunos historiadores -dicen- fue la causa de su muerte).
La situación tanto para Cortés como para Moctezuma se vuelve complicada. Luego, el problema empeoraría. Ya nadie cree en nadie. Al subir Moctezuma, a hablar con su pueblo, es recibido con injurias y pedradas. Moctezuma es herido y retirado por los españoles, quienes le auxilian para que tome reposo.
Dos días después muere, según unos, víctima de la pedrada; pero es obvio, que pocos pudieran creer esto. Algunos autores estiman que Moctezuma murió envenenado y otros más creen que murió apuñalado, pues no era de creerse que una simple pedrada (sobre todo conociendo la fortaleza de estos guerreros), le pudiese haber matado.
Algunos testigos dicen que el cuerpo de Moctezuma presentaba estocadas. Luego, según relatan, Cortés entregaría el cadáver; aunque, lo más seguro, hacía esto a fin de aprovechar las circunstancias para huir y escapar de tan escabroso acontecimiento. Una última versión establece que Moctezuma murió de tristeza al ver que ya nada podía hacer por su pueblo; pero, sobre todo, sabiendo que éste ya no le quería. A la muerte de Moctezuma
A la muerte de Moctezuma, los aztecas nombran a Cuitláhuac como su caudillo. Este, con renovado ardor y verdadera fuerza y alma de príncipe, se pone al frente de los suyos. Las cosas cambiarían un poco; ya antes había atacado a los españoles y les había vencido en diversas batallas.
Mientras tanto, un pueblo había quedado adormecido. Los vientos de libertad no eran los mismos. Un rey se había ido, y otro más había llegado. Moctezuma había pasado a feliz existencia un 29 de junio de 1520. Moría a los 74 años de edad
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sábado 18 de abril de 2009

Tenoch señor Mexica


Tenoch señor Mexica

Tenoch o Tuna de Piedra(¿? - ¿1366?)Más de siglo y medio de peregrinaje llevó a los aztecas arribar al lugar que Huitzilopochtli, su profeta y primer guía, les prometió al salir de la legendaria Aztlán, su tierra de origen. Se cree que partieron del "lugar de las garzas" en 1160 bajo la dirección de Huitzilopochtli. A su muerte, ocupó su sitio Tenoch, quien llevó a la tribu hasta Chapultepec, o cerro de saltamontes, que en aquella época (1255) pertenecía a los tecpanecas de Azcapotzalco. Ahí establecidos, tomó el poder Huitzilihuitl, un guerrero experimentado, pues la tribu sabía que en poco tiempo serían atacados por los dueños de aquel lugar. Ninguno de los pueblos se preocupó al principio de los nuevos habitantes de Chapultepec, pero éstos pronto se multiplicaron y comenzaron a dar muestras de su valor . Entonces una alianza formada por los señores de Culhuacán, Xaltocan y Azcapotzalco los desterró de Chapultepec y Huitzilihuitl fue asesinado.Los mexicas fueron conducidos por Tenoch, su guía nuevamente, hacia Tizapán, un área seca y salitrosa, designada por el señor de Culhuacán, en la que era muy posible que murieran de hambre. Pero los mexicas, para sorpresa de los culhuacanos, aprovecharon todo cuanto podía ofrecerles el territorio y lo hicieron generoso. Comenzó el señor de Culhuacan a confiar en los mexicas, pero las sanguinarias ofrendas que éstos llevaban a cabo en honor de Huitzilopochtli, hicieron que fueran desterrados de Tizapán y se refugiaran a las orillas del lago, huyendo constantemente de sus enemigos. Fue hasta 1325 que los mexicas encontraron por fin la señal que les había prometido Huitzilopochtli (un águila sobre un nopal, devorando una serpiente). Tenoch de inmediato comenzó a trabajar en la construcción de un pequeño adoratorio y llamó a la nueva ciudad México. Tiempo después una rebelión causó una división en la isla. Quienes apoyaron a Tenoch llamaron a su ciudad México Tenochtitlan, y los rebeldes la llamaron México Tlatelolco. Tenoch gobernó Tenochtitlan hasta su muerte, que se ubica en la segunda mitad del siglo XII
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sábado 28 de febrero de 2009

Teotihuacan Tezcatlipoca


Teotihuacan Tezcatlipoca

Teotihuacan. Ometéotl, creador, principio dual, masculino y femenino (en la mitología nahua -aztecas y demás culturas mesoamericanas de habla náhuatl-) engendró cuatro hijos: el primero fue Xipe (sin relevancia especial), el segundo fue Tezcatlipoca negro (conocido simplemente como Tezcatlipoca), el tercero fue Quetzalcóatl, y al cuarto le llamaban Huitzilopochtli.Tezcatlipoca es el guerrero del norte, representa el cielo nocturno, la luna y las estrellas. Es llamado "noche y viento, el arbitro, el que piensa y rige por su propia voluntad". Es el dios de la noche y la tentación. Una de sus características más relevantes es poseer la juventud eterna, por eso era llamado telpochtli (el siempre joven). Es invisible, virtud por la que se lo creía omnipresente. Tiene la habilidad de conocer los sentimientos de las personas.Su nombre significa “espejo negro que humea” o “humo espejante”, y sus representaciones eran pintadas con un tipo especial de tintes con reflejos metálicos. Solía aparecer representado con una franja negra en el rostro y un espejo de obsidiana en el pecho, donde veía todas las acciones y pensamientos de la humanidad, y del cual brotaba un humo que mataba a sus enemigos. La condición de espejo resume a Tezcatlipoca, los contrastes y dualismos presiden todas sus funciones.Tezcatlipoca tiene una pierna más corta que la otra, en la cual muestra el hueso expuesto (donde debería estar el pie), lo cual simboliza el balance que el ser humano debe buscar en la vida. Su disfraz es el tigre (jaguar), y su atributo principal es el espejo que humea. Esta idea de espejo de imagen brumosa e inestable, así como su relación con las actividades profanas, sugieren que Tezcatlipoca es un símbolo de la humanidad, un reflejo de nuestro mundo imperfecto y contradictorio.Se le atribuye además el nombre yáotl (el enemigo), se le considera maestro hechicero, y se le asocia en algunas ocasiones con las fuerzas de la destrucción. Por estas razones es uno de los dioses más temidos y respetados. Se cree que anda de noche aterrando a los cobardes o potenciando la fama de los “supuestos” valientes que soportan su terrible y desagradable presencia. Tezcatlipoca, señor del fuego y de la muerte, dueño de las batallas, incitaba a unos contra otros para que tuviesen guerras.Pero a pesar de algunas descripciones dantescas que lo caracterizan, Tezca tlipoca siempre equilibra su imagen con buenas acciones, como la creación del aire y la música (en una mano porta flechas, en la otra una flauta). Es el dios que da y quita la riqueza, es el protector de los esclavos. Entre los nahuas, Quetzalcóatl y Tezcatlipoca son deidades gemelas y al mismo tiempo antagónicas, y juntos crearon al mundo.Quetzalcóatl preside el Calmécac, escuela de los nobles, de donde provienen los jefes cívicos, militares, sacerdotales y de la realeza. Mientras que Tezcatlipoca, el dios todo poderoso, multiforme y ubicuo, preside la casa de los guerreros jóvenes y solteros, el Telpuchcalli, escuela popular donde asisten plebeyos.Entre las festividades con sacrificios en honor a Tezcatlipoca se destacaba el Tóxcatl, que era como la pascua de resurrección. En esta festividad se elegía a un joven apuesto para vivir un año de lujuria y placer, luego la víctima disfrazada de Tezcatlipoca, recorría las calles tocando la flauta y siendo adorado, entonces subía a lo alto del templo, donde se le extraía el corazón. El dios, sacrificado en la persona de un prisionero, renacía en otro hombre joven que lo representaba hasta morir el año siguiente.Creo que queda claro que a mí en lo personal esta figura me provoca una gran fascinación debido a su profundo simbolismo, de una riqueza que entre más se piensa más se descubre.Entre las obsesiones artísticas de Jorge Luis Borges se encontraban los tigres y los espejos, y por extensión se encontraba Tezcatlipoca. Me parece una buena excusa honrar al dios deleitándonos con la poesía de Borges


“Al espejo”:
¿Por qué persistes, incesante espejo?¿Por qué duplicas, misterioso hermano,El menor movimiento de mi mano?¿Por qué en la sombra el súbito reflejo?Eres el otro yo de que habla el griegoY acechas desde siempre. En la tersuraDel agua incierta o del cristal que duraMe buscas y es inútil estar ciego.El hecho de no verte y de saberteTe agrega horror, cosa de magia que osasMultiplicar la cifra de las cosasQue somos y que abarcan nuestra suerte.Cuando esté muerto, copiarás a otroy luego a otro, a otro, a otro, a otro...
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Teotihuacan la ruta de los vientos

La ruta de los vientos
Teotihuacan. José Ignacio Abarca. Para las tribus Nahuas, la orientación en su espacio estaba muy ligada a su destino, cada punto cardinal estaba representado en el calendario y losprincipales dioses regian sobre estos. En la obra que observamos se presenta una sintesis de la primera página del códice Fejervary-Mayer donde aparece tescatlipoca al centro y un grupo de dioses en cada punto cardinal:
Quetzalcoatl y Xipe tepec en la parte superior, indica al este, Huitzilopochtli y Micantecutli, al sur (parte derecha); Texcatlipoca y Xochilpilli al Norte (derecha) ; Xilohen y Mayahuel Poniente (abajo).
Obra diseñada y desarrollada por José Ignacio Abarca, en aluminio patinado con acido, sobre amate.


By the wind route
The aincent mexicas, the orientation and the calendaric time, have the same goods, and each day have an orientation route, by example all the cane day (acatl) has east orientation, the ilustration is the sintesis of Fejervary-Mayer codex first page, in this imagen show the cardinal point and the rector goods: by the East Quetzalcoatl and Xipe tepec (in the top); by the South Huitzilopochtli and Micantecutli (Right side); by the North Tescatlipoca and Xochilpilli (left side); By the west Xilohen and Mayahuel (inthe botom). This imagen was made by José Ignacio Abarca in Alluminium foild patined by acid and mounted in a amate shet.
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sábado 14 de febrero de 2009

la vida después de la muerte en los aztecas


La vida después de la muerte en los aztecas

Teotihuacan en Línea Teotihuacan. El paraíso, o el castigo eterno eran tipificaciones de carácter religioso muy distinto a otras creencias. Develemos por un momento las creencias prehispánicas en este sentido de los aztecas.

EL CIELO: PREMIO PARA LOS GUERREROS
MUERTOS EN COMBATE
Un lugar donde se iban las ánimas de los difuntos era el cielo, donde vive el sol.
Los que se van al cielo son los que mataban en las guerras y los cautivos que habían muerto en poder de sus enemigos: unos morían acuchillados, otros quemados vivos, otros acañavereados, otros aporreados con palos de pino, otros peleando con ellos, otros atábanle teas por todo el cuerpo y poníanlos al fuego, y así se quemaban.
Todos estos dizque están en un llano y que a la hora que sale el sol, alzaban voces y daban grito golpeando las rodelas, y el que tiene rodela horadada de saetas por los agujeros de la rodela mira al sol, y el que no tiene rodela horadada de saetas no pude mirar al sol.
Y en el cielo hay arboleda y bosque de diversos árboles; y las ofrendas que les daban en este mundo los vivos, iban su presencia y allí los recibían.
Y después de cuatro años pasados las ánimas de estos difuntos, se tornaban en diversos géneros de aves de pluma rica, y color, y andaban chupando todas las flores así en el cielo como en este mundo, como los zinzones lo hacen.
Bernardino de Sahagún:
Historia general de las cosas
de la Nueva España.

EL PARAÍSO: DESTINO PARA LOS DIFUNTOS
SELECCIONADOS
La otra parte don decían que se iban las ánimas de los difuntos es el paraíso terrenal, que se nombra Tlalocan, en el cual hay muchos regocijos y refrigerios, sin pena ninguna, nunca jamás faltan las mazorcas de maíz verdes, y calabazas y ramitas de bledos, y ají verde y jitomates, y frijoles verdes en vaina, y flores.
Y allí viven unos dioses que se llaman Tlaloque, los cuales se parecen a los ministros de lo ídolos que traen cabellos largos.
Y los que van allá son los que matan los rayos o se ahogan en el agua, y lo leprosos, bubosos y sarnosos, gotosos e hidrópicos.
Bernardino de Sahagún:
Historia general de las cosas
de la Nueva España.

EL INFIERNO: ÚLTIMA MORADA DE QUIENES FALLECÍAN
POR ENFERMEDAD
Lo que dijeron y supusieron los naturales antiguos y señores de esta tierra, de los difuntos que se morían es: que las ánimas de los difuntos iban a una de tres partes: la una es el infierno, donde estaba y vivía un diablo que se decía Mictlantecutli, y por otro nombre Tzontémoc, y una diosa que se decía Mictecacíhuatl que era mujer de Mictlantecutli.
Y la ánimas de los difuntos que iban al infierno, son los que morían de enfermedad, ahora fuesen señores o principales, o, gente baja…
Bernardino de Sahagún:
Historia general de las cosas
de la Nueva España
Teotihuacan
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